Yo era un muchacho de apenas veintitantos años, corrían los finales años ochenta y la sociedad civil había dejado atrás eso que hoy llamamos la primera transición, el intento del golpe militar de Tejero y el primer gobierno socialista, que para mí sería, y será ya para siempre, el gobierno del desengaño y que me abrió los ojos de par en par. Nada de lo que yo esperaba iba ya a suceder.
Vivía una época convulsa a nivel sentimental, negándome a ver lo que veían claramente todos los que me rodeaban. No encontré mejor refugio que mi trabajo y las ganas de cumplir de forma ejemplar con todas las tareas que me habían encomendado en mi nuevo ascenso.
Una tarde tenía una cita en el trabajo con una mujer que tenía pendiente algo con el banco que ahora no recuerdo, pero que, probablemente, sería alguna deuda, algún atraso en vaya usted a saber qué préstamo.
Ella era una mujer alta, de pelo claro, bella, pero no se trataba de una belleza convencional, sino rústica, algo salvaje, como los atardeceres en un campo sembrado de trigo. Labios gruesos y de pelo largo recogido atrás con una cola mientras la tirantez del mismo dejaba su bello rostro a la intemperie de aquella luz burocrática de oficina.
Como casi siempre, empecé el encuentro, tratando de que fuese distendido ya que la causa no lo era, al menos eso pensaba yo. Hablamos de cosas intrascendentes y no recuerdo cómo terminamos hablando de política. Al poco de nuestra conversación, ya no había por dónde coger al gobierno de Felipe González, causa de todos sus males. Yo era un mudo espectador de su monólogo que terminó con un: “por éstas y otras causas, no puedo pagar el préstamo”.
Sabía que me decía la verdad más no por eso le podía decir: “Vaya usted tranquila y ya pagará cuando vengan tiempos mejores”. Traté de que me hablara más de ella, a ver si en su conversación yo encontraba alguna pista por la que reconducir el tema de la deuda, que era el motivo de nuestro encuentro.
Yo soy de Benalup, me dijo, ¿lo conoce usted?
-No, nunca he estado allí.
-Claro, a Benalup va muy poco la gente. Nosotros nos tuvimos que ir después de lo que pasó. Usted no sabrá nada de lo que allí paso. Estoy segura.
-No.
-Pues yo soy Estudillo, de los Estudillos de cuando el pueblo era Casas Viejas y pasó lo que pasó y usted lo ignora. Entonces nos vinimos a Puerto Real, ya no queríamos estar allí… o no nos dejaron.
Tuvieron que pasar algunos años y algunos desgarros para que me volviera a encontrar con Casas Viejas. La búsqueda del pasado de mi abuelo Pedro, campesino y anarquista, la búsqueda de Fermín Salvochea, revolucionario y anarquista, me llevaron a encontrarme de nuevo con Casas Viejas. Tuve la suerte de conocer a Juan Pérez Silva, con quien tomé algún café en su casa. Casas Viejas me acercó a la escritora Carmen Vargas Antúnez, que me concedió el honor de presentar su libro Sin billete de vuelta en Medina Sidonia. Francisco Vargas Casas, otro hijo del pueblo que se tuvo que marchar, me reconcilió con aquella mujer: Estudillo, de la que solo recuerdo su apellido. Compuse este poema que mi buen amigo Alfonso Baro musicó y me unió ya para siempre a Casas Viejas.
SIN BILLETE DE VUELTA
Una mañana tuvo que partir
del pueblo que amaba y lo hacía sufrir.
El tuerto Manguita tuvo que marchar
por haber luchado por la libertad.
Con poco equipaje, sin agua ni pan
y con cinco bocas llorando a la par.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar.
Sin billete de vuelta por esos caminos,
con sus penas acuestas como mendigo,
maltratado por todos como un maldito.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar
Masticando sangre en aquella celda
cerrando la boca, que no se den cuenta
no quiere hospital ni que nadie sepa.
Abrazar a sus hijos y a su compañera,
abrazar a su padre, tenerlo a su vera
él traerá la fuerza que brota de la tierra.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar.
Sin billete de vuelta por esos caminos,
con sus penas acuestas como mendigo,
maltratado por todos como un maldito.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar
Tan solo y tan mudo, solo, con mis penas,
creciendo los hijos, con simientes nuevas
espero los días, y remiendo mis telas,
mi pueblo tan lejos y en mi corazón tan cerca.
Cuando volveré por la calle vieja
poner mis pisadas por aquellas cuestas.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar.
Sin billete de vuelta por esos caminos,
con sus penas acuestas como mendigo,
maltratado por todos como un maldito.
Lo que cuesta callar, lo que cuesta callar
