Cuando uno ha nacido en la calle San Juan, junto al chorro Cristobilla, y le han dado el primer baño de su vida con sus aguas. Cuando uno ha recorrido los rincones de Casas Viejas, su pueblo, en inviernos lluviosos con sus sandalias de goma. Cuando uno ha peregrinado mil veces por los callejones cargados de silencio conduciendo un aro de bicicleta al volante de una caña o una vara de acebuche.

Cuando uno ha faltado solo de su pueblo por la necesidad que se crearon unos padres ejemplares de que sus hijos aprendieran y tuvieran una cultura, y una preparación más sólida para una vida mejor. Cuando uno ha compartido vivencias con gente de su misma generación celebrando conversaciones, fiestas y guateques ambulantes por las azoteas del pueblo, con un tocadiscos de pila, bajo las pálidas penumbras de neón de unas velas de cera. Cuando uno, con sus colegas, descubre la impactante música electrónica en directo de los Rangers de Alcalá en los patios del Tato y de la Cueva por San Juan y Santiago. Cuando uno ha participado en decenas de excursiones y viajes con alumnos de los colegios disfrutando al ver gozar a sus protagonistas. Cuando uno ha organizado e intervenido, como el que más, en los hermanamientos de Benalup y Torrente. Cuando uno ha colaborado con las actividades carnavalescas de menores y de mayores. Cuando uno ha formado parte de discusiones futbolísticas, chirigoteras, políticas y hasta filosóficas en lo de Ricardín, Tato, Resbalón, Bar de Pepe, la Colmena, lo de Acho y el Dornillo con interminables debates. Cuando uno ha cerrado por la noche la Cueva, el Tato, el Chori… 


Cuando uno ha visto nacer el maratón, el cante flamenco, la feria, abajo, arriba y en medio. Cuando uno ha asistido a un espectáculo donde Fernandín dibujaba mil palomitas imposibles en el marco de su portería, después de recibir en el suelo patadas en el rostro a su arrojada salida.  Cuando uno ha presenciado la Semana Santa en primera fila. Cuando uno se ha deleitado con la cabalgata minimalista de María Mateos, de Antonio Gallardo y Felipe el Mono. Y de la espectacularidad de las cabalgatas de Paco el de la Cueva y su grupo. Cuando uno ha gozado de mil fiestas en el pueblo y en la sierra, organizadas por Pedro Mateos. Cuando ha apreciado los pasos de Semana Santa dirigidos por Miguelín. Cuando uno ha acudido a esa plaza de abastos en ebullición, repleta de gente. Cuando uno ha escuchado un sermón del Padre Muriel. Cuando uno ha estado en la escuela de don Eugenio y de Angelín. A veces con los brazos cargados de libros bajo el peso del justo castigo. Cuando mil ojos han observado a los hermanos Larita en un zepelín pilotado por Benítez, ante una expectación irónico- burlesca. Cuando uno ha percibido el cambio radical en el Tajo, en la barriada Matadero y en la Barriada Diputación, gracias a las manos mágicas de unos campesinos transformados en albañiles por influjo de las Lomas. Cuando uno ha lanzado la vista hacia el Cerro Cordones, desnudo de casas. Cuando uno ha divisado el pueblo rodeado de chumberas. Cuando uno se ha sentado en el cine Román para seguir infinidad de películas, saliendo indemne de las balas y las flechas de vaqueros e indios, mientras se prodigaba en las mudas butacas sórdidos juegos de manos.


Cuando uno, cuando uno, cuando uno… recibe ahora estos reconocimientos, solo le queda la inmensa satisfacción de haber hecho el esfuerzo y el trabajo que le ha tocado en su época: luchar humildemente por su pueblo. Y transmitir a las generaciones posteriores este mismo espíritu. El camino sigue abierto para que los jóvenes amplíen y desarrollen sus conocimientos del entorno y lo apliquen con nuevas fórmulas creativas y generadoras de ilusión, trabajo y bienestar para forjar el futuro de nuestro pueblo.       

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