La cuarta crónica desde el confinamiento no puede empezar diciendo otra cosa que estoy harto de estar harto, hasta la coronilla de esta situación. Creo que así estamos todos, como decía Alsina: «Temo que se nos vaya acabando el ánimo; el mayor enemigo de la esperanza es el cansancio».

Así que también estoy saturado de oír, leer y escribir sobre el coronavirus. Uno de los blogs que sigo es del Fernando Santiago y dice sobre el buenismo: “Me empalagan todos esos mensajes de ánimo buenistas y repetitivos, todo el que habla por la tele o por la radio se siente en la obligación de transmitirnos optimismo… Que sí, que ya lo sé, que va a pasar, que no hay mal que dure cien años, que después de la tempestad viene la calma, que después de la lluvia sale el sol, que seremos más buenos y sociales, que España es un gran país …Ya lo sabemos, no seáis pesados». Pero, soy un buenista  y un curioso empedernido. Me apetece, así, compartir con vosotros todo lo bueno que ha traído esta pandemia y como veo yo lo que se chismorrea, critica y se dice por las redes sociales, fundamentalmente Facebook, que es la de los viejos como yo. Así que me dispongo a publicar los vídeos y chistes que ha llamado mi atención y comentar como está el patio según se ve desde mi atalaya, que no es otra cosa que un ordenador, en una habitación, con vistas a un patio interior, triste y lúgubre, como los tiempos que estamos viviendo. 


Lo primero que me llama la atención es la polémica, la pelea existente sobre la información. Los bulos, las falsas noticias, los comentarios hirientes… son demasiado habituales. La gente critica el comportamiento de otra gente, pero la visceralidad es máxima si hablamos de política. Es uno de los temas en los que habitualmente no se dialoga, cada uno habla de él en su idioma propio y así es muy difícil entenderse y llegar a un acuerdo. Si el gobierno lo está haciendo todo lo bien que puede en unas circunstancias como estas o lo está haciendo fatal, rematadamente mal, hasta punto que hay que dar casi un golpe de estado para que no se produzca un cambio de régimen. Yo opino como el director de la OMS: “Pongan la política en cuarentena hay miles de vidas en juego» y como dice Yuval Noah:” En este momento de crisis, la batalla crucial está librándose dentro de la propia humanidad. Si la epidemia crea más desunión y desconfianza entre los seres humanos, el virus habrá obtenido su mayor victoria. Cuando los humanos se pelean, los virus se duplican. En cambio, si la epidemia produce una mayor cooperación mundial, esa será una victoria no solo contra el coronavirus, sino contra todos los patógenos futuros”. 



Pero no tengo verdades absolutas ni maniqueísmos sobre el tema. En la anterior pandemia el gobierno del PP fue atacado duramente por la oposición por su gestión del virus. Me mandaron un vídeo de la Sexta poniendo a caldo a Rajoy por su actuación, los mismos que piden ahora compresión por las circunstancias extremas que estamos viviendo. Primer dilema los políticos ¿buscan ganar elecciones o el bien de la comunidad? Decía Churchill que “Un político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones» ¿Tenemos políticos o estadistas? La pregunta me vale para nivel mundial, nacional o local. No tengo yo muy claro que la unidad institucional venza las pandemias, pero sí que las peleas políticas fomentan el malestar social. Mal rollo que arde como la tea en las nuevas redes sociales. Lo mismo que pasa con las teorías conspiratorias. Tercera Guerra Mundial, creación americana, creación China, invento de las farmacéuticas… Una de las cosas para las que sirve la historia es para demostrar que este tipo de teorías son nocivas y contraproducentes, yendo en contra de la información y el conocimiento. 


Muy relacionado con la pelea política está la lucha por la información. La verdad es que no entendí muy bien porque el alcalde Antonio Cepero se enfadó tanto cuando le prohibieron dar datos  sobre la evolución de los infectados. Aplicando el método de machaca machaca que yo aconsejo para el aprendizaje, he leído todo lo que ha caído en mis redes, nunca mejor escrito, sobre el tema. Y ahora lo que no entiendo es como le prohíban que la administración local, la más cercana al ciudadano, informe al ciudadano oficial y legalmente sobre lo que está ocurriendo. Por otro lado veo muy activo el Ayuntamiento frente a la pandemia, y me parece muy bien. Recordemos que la administración municipal es la más cercana al administrado. No me extraña  que los alcaldes sean los políticos mejores valorados en esta crisis

La falta de información genera más bulos, fomenta los fake news y genera estrés y alarma, además de ser el perfecto caldo de cultivo para extremismos, estigmatización, sectarismo, radicalismo y enfrentamientos que dañan la convivencia. No sólo prefiero al ciudadano informado, también al buenista que se mete en la cadena del primero que lo invita, que compra comida para los que pasaban por aquí y se quedan enganchados, las que hacen mascarillas, los que invitan concursos o dibujos para colorear, los que hacen videos, los que hacen pancartas, los que ponen películas para los vecinos o los que cantan el resistiré o parecidos. La verdad es que no sé si es que en los peores momentos se despierta el lado bueno de las personas o es simplemente una cuestión que se debe al aburrimiento.






¿Se puede dar el criterio propio de todo? Segundo dilema, pero un poco falso porque prefiero los que opinan de todo, de lo que les da la gana, de los que van de verso libre… aunque hayan quien tenga un concepto más elitista de lo que debería ser la opinión. Algo así como el sufragio censitario para votar, pero referido a los criterios personales.  Leí en Facebook una opinión de alguien en contra de una práctica solidaria que estaba lo más alejado posible de mi forma de entender la convivencia, pero me alegré que lo dijera asumiéndola con sus nombres y apellidos. Voltaire lo dijo de una forma más edulcurante: “Desapruebo lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”.

El tercer dilema, lo habrán adivinado, está relacionado con la sanidad pública. Hay quien dice que el principal objetivo del empresario es ganar dinero, pero hay quien defiende que es cubrir las necesidades que tenemos las personas. Los hay quienes defienden que la empresa privada es más eficaz y aleja más la corrupción que la empresa pública. También los hay quien argumenta que lo público es un servicio y lo privado un negocio. Este confinamiento nos ha traído un consenso casi unánime de la estupenda labor que están realizando los trabajadores de la sanidad. También de la necesidad de una sanidad pública fuerte y saneada. Pero creo que una sociedad como la nuestra tan proclive a culpar a los otros de los males que nos aquejan, encuentra un chivo expiatorio fácil en los políticos para culparlos de todos los fallos y errores cometidos. Sería bueno reflexionar sobre el hecho de que la actuación política responde a unas pautas sociales previas y que deberíamos ser conscientes de que los individuos a veces, no tenemos el comportamiento ciudadano que deberíamos tener. Un poco de autocrítica al año, no hace daño.

Una médica malagueña Ana Astorga Zambrana envió una carta al director de un periódico  que no ha tenido la repercusión que a mí juicio se merece. Extracto: “Yo no necesito aplausos. Prefiero que me trates con respeto cada vez que te atiendo en la consulta…. Necesito que no pongas en duda mi criterio médico porque has leído en internet un blog en que se dice algo distinto…Quiero que pienses un momento en todo el tiempo que he dedicado para estar preparada cuidarte y ofrecerte la mejor solución a tu problema… Quiero que cada día hagas un buen uso de la sanidad, que la trates como el bien preciado y limitado que es. Quiero que no utilices la urgencia si no tienes un problema urgente porque gastas recursos y tiempo que necesita otro paciente. No quiero que me llames “niña¨”, “bonita”, “señorita”… Soy tu médico y merezco el respeto y el lugar que he ganado con mi esfuerzo. Y, si después de todo esto que te cuento, quieres salir a aplaudir, hazlo, pero solo si estás convencido de cuidarme mejor a partir de ahora. Cuidarnos cada día como nosotros estamos dispuestos a cuidarte. Ahora y siempre”. Leo en Internet que algunos miembros del personal sanitario están siendo invitados por sus vecinos a que cambien de domicilio o el caso de una trabajadora de un supermercado de Cartagena. Y me parece sencillamente indignante. Es el doctor Jekyl de la pandemia.                                     
Termino que faltan cinco minutos para salir a la puerta a aplaudir.  Pero me falta tratar la vertiente económica del problema. Se me ocurren dos grandes dilemas al respecto. De verdad, de verdad, ¿la salud está antes que la economía? ¿puede ser que la economía del mundo se haya desplomado porque sólo estamos consumiendo lo que necesitamos? Ahí lo dejo.





Insisto que la situación tan novedosa que nos ha traído esta crisis caracterizada por la fragilidad, como si por magia todo se hubiera convertido en cristal, también debería influir en las ideas preconcebidas y absolutas que tenemos anquilosadas desde hace ya mucho tiempo. Estamos cansados, estamos hartos, estamos frágiles, estamos sensibles, estamos confinados, pero también comunicados y, sobre todo, condenados a aguantar (soy un buenista compulsivo), no tenemos otra. Mientras tanto, podemos aprovechar la ocasión para reflexionar, razonar y meditar…

Y, como en las ocasiones anteriores, os dejo un regalo. La versión de Zahara de Al Alba, del desaparecido recientemente Luis Eduardo Aute.

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