Tibisay, O’comosediga, me manda estas dos fotografías que ha encontrado su madre en un álbum familiar. De las fotos no sabemos nada, pero como dice Sabina, tenemos motivos, tenemos memoria.
Tiby empieza a buscar información entre la familia. Entre lo que ella me cuenta y lo que yo tengo deduzco intuyo que estamos ante una cuadrilla de albañiles en los años veinte que están construyendo el remate de un campanario. La cuadrilla de albañiles estaría formada por los hijos de Francisco Cózar Castro que a principio del siglo XX se instaló en Casas Viejas procedente de Tarifa. Sus hijos, nacidos en esta localidad van a formar una de las sagas de albañiles más importantes del pueblo. Ese fue el caso de Bernardo, Eugenio, Andrés, Cayetano y Fernando Cózar Cabañas. Nombres y apellidos, luego muy comunes, en los albañiles benalupenses de todo el siglo XX.

Francisco Cózar Castro era uno de los albañiles que trabajó en la construcción de la iglesia Nuestra Señora del Socorro. Según fuentes familiares estaba obsesionado con el campanario, pensaba que era demasiado alto y pesado, por lo que más tarde o temprano se caería. El arquitecto de la obrs, D. José Romero Barrero, había diseñado una portada en estilo neoecléctico, dentro de los gustos imperantes en España a principio del siglo XX. Combinaba el dominio del muro sobre el vano propio del románico, con las archivoltas abocinadas del gótico o el ladrillo mudéjar. Como todo buen arquitecto, quería plasmar la idea de quien pagaba. Josefa Pardo de Figueroa, la principal benefactora e impulsora de la obra, posiblemente deseaba una obra monumental, grandiosa, faraónica en consonancia con todo el poder que sus inmensas propiedades le generaban. Por eso, el arquitecto diseñó una gran fachada, coronada con una espadaña para alojar las tres campanas.

La espadaña es un muro vertical plano horadado de vanos para las campanas. Fue muy característico del románico italiano. Este remate es el punto más alto de la iglesia, por lo que está en la cúspide de la jerarquía visual y sonora. El campanario sería el hito urbanístico más alto y visible de la localidad y desde donde se avisaría a los vecinos de los principales acontecimientos diarios (misas) o extraordinarios (entierro, bodas, fuego…). Pero esta espadaña no sólo servía para en los respectivos huecos colocar las campanas, sino también tenía una funcionalidad connotativa, también poseía un alto contenido símbolo de unión entre Dios y los hombres y del poder de la Iglesia. Como dijo Suárez Orellana la iglesia fue la gran obra de la Restauración, auspiciada y financiada por los propietarios comarcales (cuyos nombres aparecen en las basas de las columnas) y locales. Muchas religiones han hecho de los campanarios su seña de identidad. Este tipo en forma de espadaña es un desafío arquitectónico, intenta elevarse a los cielos donde lo humanos creamos o descubrimos a los dioses y sirve como marcador de pertenencia, de seña identitaria en el paisaje a gran distancia.

Está antropológicamente estudiado como muchas ciudades vecinas dilucidaban sus luchas de poder con la altura de sus cúpulas o bóvedas de iglesias y catedrales, o como dentro de una misma ciudad la altura de sus edificios denotaba la jerarquía de las distintas instituciones. Fue lo que ocurrió en la Toscana italiana del cuatroccento y luego se extendió a todo el orbe occidental. La altura siempre ha estado relacionado con el poder, acercarse a Dios era controlar lo que se divisa. Desde el campanario de la iglesia de Casas Viejas se dominaba toda la aldea repleta de míseras chozas. Desde estas se contemplaba toda la espectacularidad de la obra faraónica que estaba coordinando la mayor propietaria de la comarca. Con respecto al uso religioso, el campanario tenía muchas funciones simbólicas más allá de la mera utilización como instrumento sonoro para convocar a Misa.

Pero Francisco Cózar Castro no entendía de simbología y poder. Era albañil y sabía que esta espadaña, alojada en un elemento arquitectónico mucho más alto que ancho no resistiría los envites del tiempo. Por eso, repetía hasta la saciedad que la espadaña se caería. Posiblemente por ello tuviera problemas con la dirección de la obra. Por eso su hijo Bernardo Cózar Cabañas cuando en 1936, en plena Guerra Civil, el campanario se cae producto del fuerte viento de levante que azota con cierta asiduidad la zona, dijo, según tradición familiar: ”Es el día más feliz de mi vida, porque no ha pasado nada (no había víctimas mortales) y porque se ha cumplido lo que mi padre decía”. A Curro Cózar Castro le encarga solucionar el problema. Se decide poner las campanas en el suelo y rematar la fachada con un cuerpo semicircular, más seguro y menos arriesgado que la espadaña. Este cuerpo fue rellenado con azulejos, se le incorporó una imagen de la Virgen María Auxiliadora y se coronó con una cruz cristiana. No resultaba tan efectista y espectacular como la espadaña, pero era más seguro y menos propenso a los accidentes arquitectónicos. Cuenta la tradición familiar que Curro Cózar dijo sobre esta obra de reposición: “ Ya no se cae más”.

En 1965 se decide reparar las tejas de la iglesia y la encargada de las obras es la cuadrilla de Andrés Cózar, el hijo de Curro, el que había trabajado en la construcción de la iglesia y en el arreglo posterior de la fachada, cuando una levantera, tiró la espadaña inspirada en el románico italiano. En 1993, el párroco de la iglesia Próculo Yébenes, pensó que el lugar de las campanas no era el suelo, sino coronando la fachada de la iglesia, en lo más alto de ella. Pidió asesoramiento técnico al arquitecto local y consensuaron su traslado a las alturas. Tras la oportuna suscripción popular consiguió que la empresa francesa «Casa Bodet» se encargará de su colocación y del diseño del cuadro electrónico «que regula y da la hora previa programación. Va con sistema electrónico conectado al reloj y una antena que conecta con la hora exacta de Paris« escribía Aragon Pina en la Gaceta de Benalup, en julio de 1993.

Según informó el Diario de Cádiz z el 5-7-1993 la obra de subir las pesadas campanas de hierro forjado costó 1.300.000 pesetas y el nombre del arquitecto que asesoró los trabajos era el de Javier Cózar de la Flor, hijo de Andrés y nieto de Curro. Tibisay, la biznieta de Curro, la nieta de Andrés y la sobrina de Javier me mandó estas fotos que la familia conservaba desde hace 100 años. En un principio estábamos convencidos de era el campanario de la iglesia de nuestra señora del Socorro, pero después creemos que no. Los vanos de esta eran rectangulares y los de las dos fotos terminaban en arco de medio punto. No obstante, como se dice lo importante no es la meta, sino el proceso y a mí me ha permitido contar una historia de unas campanas que remataron la construcción de todo un símbolo en el pueblo; la iglesia, como en el terremoto del caen y como son restituidas en 1993. A qué iglesia pertenecen estas dos fotos me parece lo menos relevante del tema. Son historias que me hacen pensar en esta situación de confinamiento que nos encontramos, que más importante que el objetivo final es el camino que recorremos hasta conseguirlo, que el poder siempre ve desde la alturas y le gustan que desde abajo miren para arriba y que después de la tormenta llega la calma.
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P.D.- Leo en el artículo de hoy de Maruja Torres esta frase: «En la pandemia, el camino se nos revela, como aquel que proponía el sobado y siempre eterno Cavafis, superior a la propia Ítaca» Dice lo mismo que yo, pero de una forma cien veces más hermosa.
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