Benalup-Casas Viejas, un pueblo blanco de la provincia de Cádiz. Hasta aquí era lo único que podía decir de esta localidad que vio nacer a mis abuelos y luego a toda su prole, donde se incluía mi padre como el tercero de cinco hermanos. Ese terruño que también los vio partir a todos, un día sin mirar atrás, a un exilio confirmado.

No fue hasta cumplir la mayoría de edad cuando quise saber qué había ocurrido. ¿Cómo un pueblo puede dejar ir a sus hijos sin más? Aunque hasta entonces hubiese ido un par de veces con mi padre, nunca me había hecho esa pregunta. Quizás era muy pequeña para comprender que no es el pueblo el que destierra a su gente.

No fue hasta pasados unos años, cuando afortunadamente conocí a mi verdadero guía, cuando conocí a su gente, sus calles y mi propia historia, que es la de mi familia. Gracias a Salustiano Gutiérrez Baena.

Ya me encontraba investigando lo sucedido con mi abuelo en particular. Con mi abuela no tuve esa fortuna, pero haberla conocido a través de su legado ha sido todo un orgullo.

Y sí, mi investigación de aquel hombre que participó en Los Sucesos de Casas Viejas, que luchó por la libertad y la justicia para aquel que trabajaba la tierra ―porque siempre creyó que la tierra es del que la trabaja, uno de los lemas del anarquismo―, más tarde quedaría plasmada en mi novela “Sin billete de vuelta”. Allí hablo de Francisco Vargas Casas, al igual que del esfuerzo y la valentía ―como la de muchas otras mujeres― de mi abuela: Carmen Bancalero Ortiz.


A través de mis investigaciones y con la ayuda incondicional de Salus, fui apareciendo por el pueblo esporádicamente, no con la periodicidad que hubiese querido, pues a veces la vida te arrastra sin darte cuenta y no puedes abarcar más de lo que te gustaría.

Pero gracias a esas escapadas conocí al fin un pueblo que no exilia a su gente, eso es más de los poderes fácticos, de los que no me apetece hablar, pues ahí están mi novela y la historia grabada a hierro en archivos y en la memoria.

Hoy me apetece hablar de La Alameda, donde conocí a Ricardo y su bar, de Ignacia Montes de Oca Bancalero, una mujer genial que siempre me brindó su casa y su corazón, de la calle San Juan, por donde mi padre pasara tantas veces camino de la calle Medina, de la plaza de abastos, de la sala cultural Jerome Mintz, hombre del que hasta aquellos años no había oído hablar, otra cosa que agradecer a Benalup-Casas Viejas. Y de la alegría de saber que en aquella Alameda vuelve a estar ―no podía ser menos― el monolito que conmemora los 50 años de Los Sucesos de Casas Viejas, no sin antes agradecer a todos los que han luchado y han hecho posible que vuelva a su lugar de origen. Gracias mil a José Luis Gutiérrez Molina, a Cecilio Gordillo y a un ser incansable e imprescindible para la memoria de este pueblo: Salustiano Gutiérrez Baena, y tantos otros…

Habrá aún quien se pregunte, pese a todo lo explicado, por qué una sevillana sin vínculo terrenal, pero sí generacional, quiere hablar de este pueblo que se forjó no solo con cal y adobe, sino a fuerza de luchar por lo que realmente era suyo: IDENTIDAD.

Solo me queda decir: “Todos debiéramos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos”. Ahora sé que, pese a la distancia de más de cien kilómetros, de dónde vengo.

Benalup-Casas Viejas, uno de mis apéndices, porque me siento afortunada de decir a boca llena que me siento parte de esa tierra, aunque solo sea un pequeño terrón o una minúscula roca allá en lo alto del Tajo de las Figuras.

Porque como escribía Julia Navarro en su libro “Dime quién soy”: Ha llegado la hora de saber. ¿De saber qué? De saber quiénes somos.

Carmen Vargas Antúnez
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