Tantas veces le he pedido un favor a Sandrine en forma de
que me escriba sobre algo, que cuando ella lo hace no puede negarme. Dicen que
los desagradecidos van al infierno y aunque allí dicen por aquí que las mujeres
están más calientes, a mí me sigue gustando más el cielo, será cuestión de
educación. Me pide Sandrine que hable
sobre los olores de mi infancia y pronto me viene el recuerdo de Íllora, de la
tahona de Antonia la del Molino.
que me escriba sobre algo, que cuando ella lo hace no puede negarme. Dicen que
los desagradecidos van al infierno y aunque allí dicen por aquí que las mujeres
están más calientes, a mí me sigue gustando más el cielo, será cuestión de
educación. Me pide Sandrine que hable
sobre los olores de mi infancia y pronto me viene el recuerdo de Íllora, de la
tahona de Antonia la del Molino.
Yo la he frecuentado mucho porque era amigo de
su hijo, Pepito León. Allí olía a santidad, olía a pan. Ese que si se caía era
anatema tirarlo, se besaba y para adentro. Era sagrado, como las vacas en
India. Cosas de antes y de la penuria.
su hijo, Pepito León. Allí olía a santidad, olía a pan. Ese que si se caía era
anatema tirarlo, se besaba y para adentro. Era sagrado, como las vacas en
India. Cosas de antes y de la penuria.
Pero de aquel horno tengo un recuerdo
muy especial. una determinada fecha. En Semana Santa, una tarde toda mi familia
íbamos allí. Mi familia era de base ancha, al modelo de las del sur de Italía.
Al mando de la generala, mi tía María,
que no sabía decir correctamente frigorífico pero cocinaba como los
ángeles, al igual que era ella como persona, todas mis tías y mis primos
(incluida mi madre y yo) subíamos la
cuesta que nos llevaba a la tahona de Antonia. Antes había menos caridad que
ahora, pero más solidaridad. Que te prestaran gratuitamente el horno formaba
parte de ello. Mientras que las Leslas
hacían roscos, magdalenas y almendrados, todas las semanas santas, los niños,
los primos, jugábamos al escondite en el cerrón de al lado, nos tirábamos por
la resbaliza que había detrás o deambulábamos por el arroyo que había enfrente
del molino. Mi tía María tocaba a arrebato cuando los dulces salían del horno y
nos reuníamos en la puerta de la tahona de María la del Molino.
muy especial. una determinada fecha. En Semana Santa, una tarde toda mi familia
íbamos allí. Mi familia era de base ancha, al modelo de las del sur de Italía.
Al mando de la generala, mi tía María,
que no sabía decir correctamente frigorífico pero cocinaba como los
ángeles, al igual que era ella como persona, todas mis tías y mis primos
(incluida mi madre y yo) subíamos la
cuesta que nos llevaba a la tahona de Antonia. Antes había menos caridad que
ahora, pero más solidaridad. Que te prestaran gratuitamente el horno formaba
parte de ello. Mientras que las Leslas
hacían roscos, magdalenas y almendrados, todas las semanas santas, los niños,
los primos, jugábamos al escondite en el cerrón de al lado, nos tirábamos por
la resbaliza que había detrás o deambulábamos por el arroyo que había enfrente
del molino. Mi tía María tocaba a arrebato cuando los dulces salían del horno y
nos reuníamos en la puerta de la tahona de María la del Molino.
Era el momento
de la felicidad. En medio de un olor a sagrado, a dulce, a pan, a harina
horneada, yo me comía el primer almendrado de la temporada. El placer era
infinito. La dulzura del azúcar contrastaba con la acidez de la almendra, la
dureza de esta con lo blando del huevo, todo en medio de una esponjosidad
alterada por la firmeza de la almendra horneada. Hará unos meses Sebastián
Sánchez Buendía me trajo a casa unos almendrados que él había hecho en su horno
y me recordó esos olores de la infancia y esa felicidad. Por eso el almendrado
y el olor del horno lo tengo asimilado con la felicidad. No porque comiera
muchos, sino porque me tocaba aquella tarde. La nostalgia ya no es lo que era
antes. La de este año la he pasado confinado sin pena ni gloria.
de la felicidad. En medio de un olor a sagrado, a dulce, a pan, a harina
horneada, yo me comía el primer almendrado de la temporada. El placer era
infinito. La dulzura del azúcar contrastaba con la acidez de la almendra, la
dureza de esta con lo blando del huevo, todo en medio de una esponjosidad
alterada por la firmeza de la almendra horneada. Hará unos meses Sebastián
Sánchez Buendía me trajo a casa unos almendrados que él había hecho en su horno
y me recordó esos olores de la infancia y esa felicidad. Por eso el almendrado
y el olor del horno lo tengo asimilado con la felicidad. No porque comiera
muchos, sino porque me tocaba aquella tarde. La nostalgia ya no es lo que era
antes. La de este año la he pasado confinado sin pena ni gloria.
Tengo muy
claro que cualquier tiempo pasado ni fue peor, ni mejor, fue anterior. Pero
como las golondrinas aquellos almendrados que hacía mi tía María y yo me los
comía durante unas semanas no volverán. Aunque nunca se borrarán de la memoria.
Por eso cuando Sandrine me ha pedido que hable de los olores de la infancia me
he acordado de los almendrados y del olor a santidad del horno de Antonia la del Molino. Recordarlo me sabe y me huele a
victoria contra el paso inevitable de ese tiempo que lo devora todo. En la calle y confinados.
En estos días de confinamiento nos hemos vuelto más nostálgicos, más sensibles, más melancólicos… . En segundos pasaban por nuestra mente escenas de nuestra vida, a la velocidad de la luz. Nos hemos agarrado a los recuerdos como una tabla de salvación. Y ahora que se acerca el momento de salir, ahora que mañana se abre la jaula, siento un poco de vértigo, como ese pájaro acostumbrado a estar enjaulado que cuando le abren la jaula no se va porque le da pánico lo que se puede encontrar fuera. Entonces habrá que vencer ese miedo y recurrir de nuevo a la memoria. Y es que como decía Massimo Manfredi: «Solo la memoria puede permitirnos resurgir de la nada». Que grande y necesaria es la memoria. Ella nos permite mantener vivos los sabores, las texturas, las imágenes y los sonidos que han pasado por nuestra vida. También, obviamente, los olores.
P.D.- Este artículo lo he escrito a petición de Sandrine para una hermosa iniciativa que ha tenido la Academia de Idiomas de Benalup-Casas Viejas solicitando que escribiéramos sobre porque determinados olores nos transportan a nuestra infancia. Hay relatos maravillosos. Os invito a que paséis y leáis alguno.
claro que cualquier tiempo pasado ni fue peor, ni mejor, fue anterior. Pero
como las golondrinas aquellos almendrados que hacía mi tía María y yo me los
comía durante unas semanas no volverán. Aunque nunca se borrarán de la memoria.
Por eso cuando Sandrine me ha pedido que hable de los olores de la infancia me
he acordado de los almendrados y del olor a santidad del horno de Antonia la del Molino. Recordarlo me sabe y me huele a
victoria contra el paso inevitable de ese tiempo que lo devora todo. En la calle y confinados.
En estos días de confinamiento nos hemos vuelto más nostálgicos, más sensibles, más melancólicos… . En segundos pasaban por nuestra mente escenas de nuestra vida, a la velocidad de la luz. Nos hemos agarrado a los recuerdos como una tabla de salvación. Y ahora que se acerca el momento de salir, ahora que mañana se abre la jaula, siento un poco de vértigo, como ese pájaro acostumbrado a estar enjaulado que cuando le abren la jaula no se va porque le da pánico lo que se puede encontrar fuera. Entonces habrá que vencer ese miedo y recurrir de nuevo a la memoria. Y es que como decía Massimo Manfredi: «Solo la memoria puede permitirnos resurgir de la nada». Que grande y necesaria es la memoria. Ella nos permite mantener vivos los sabores, las texturas, las imágenes y los sonidos que han pasado por nuestra vida. También, obviamente, los olores.
P.D.- Este artículo lo he escrito a petición de Sandrine para una hermosa iniciativa que ha tenido la Academia de Idiomas de Benalup-Casas Viejas solicitando que escribiéramos sobre porque determinados olores nos transportan a nuestra infancia. Hay relatos maravillosos. Os invito a que paséis y leáis alguno.


Vienen a mi memoria los mismos recuerdos de nuestra vecina panadería Adela. Era la calle Clavel una calle llena de olores, el del pan,donde hacíamos lo mismo que tú relatas hoy, el del obrador de Feliciano y más abajo,el de la manteca colorá de la carniceria de Periquito , el bueno… A lo que se sumaban los olores del azahar de los limoneros del barrio… Y como la calle estaba llena de niñas y niños, pues el olor a jabón "Heno de Pravia" cuando salíamos a jugar… Que mejor recuerdo el de esta infancia compartida
Si bien de tantos y variados temas de los que hablas me resultan interesantes, pues a través de ellos he conocido bastante historia del pueblo en el que nací . Lo que acabo de leer ahora no he podido pasar sin decirte que me ha gustado mucho muchísimo. Con ese bonito título "olores de la infancia" y dando esa extraordinaria pincelada a la memoria para finalizar el texto. LA MEMORIA, nuestro archivo mas preciado sin necesidad de guardar en ningún disco duro. Bendita memoria poseedora de tanta historia . Gracias por hacernos llegar sus conocimientos.