Sopacas casaviejeños haciendo gazpacho caliente en Casas Viejas en 1915. Fuente Archivo Diario de Cádiz
“Vamos a estar todo el año aquí en este piso
de estudiantes. Si saben que somos de pueblo nos van a engañar en todo lo que
puedan, así que vamos a ir a esa pastelería de abajo a comprar dulces, pero
vamos a hablar bien… –“Hola buenas. Queríamos media ossena oscos”-.
La escena, como alguna de películas en boga,
está basada en hechos reales. Ocurrió en 1981, Granada fue el lugar, el barrio
de la plaza de toros testigo y el que suscribe y un amigo los protagonistas.

El
efecto inmediato fue salir lo más rápido posible del establecimiento avergonzados,
tras percatamos del magno ridículo hecho. Siempre he recordado aquella anécdota
y la cuento para defender que no hay que renunciar a nuestra forma de
utilización del lenguaje (sí, bajo el paraguas del nivel formal). Hacerlo es
renegar de dónde venimos, quiénes somos y a dónde vamos.
Lo cierto es
que los que somos de pueblo, cuando abandonamos nuestra zona de confort (expresión
de moda) intentamos de alguna manera transformar nuestra habla y adaptarla a la
del entorno en cuestión. Es un hecho que políticamente no está bien visto
comunicarse en “andaluz” fuera de nuestra comunidad, sobre todo en ámbitos
urbanos y por encima de Despeñaperros, y menos aún si partimos de uno de esos
pueblos de la Andalucía profunda. Ejemplifico con las críticas, calificaría de
xenófobas, hacia el acento de la ministra portavoz María Jesús Montero: “…Mujer,
andaluza y de izquierdas… “; vaya cóctel molotov, aunque le hubiera faltado decir
“ser pobre” para cerrar el círculo.




Pero el mayor
obstáculo es que los andaluces, sobre todo los pobres y rurales, no solo
hablamos fatal, también somos flojos, ignorantes, poco aseados, …eso sí, muy
graciosos (para compensar). Los tópicos no son de ahora, se han forjado a
través del tiempo. En 1782 el catedrático de la Universidad de Salamanca, Francisco
Pérez Bayer, realiza un viaje por Andalucía. Describe parte del trayecto desde
Sevilla a Gibraltar de la siguiente forma: “…Ese día temprano salí de Cádiz para el
campo, comí en un Ventorrrillo al pie del cerro en que está la ciudad de Medina
Sidonia a seis leguas de Cádiz… Vi comer a unos miserables arrieros que
conducían víveres al campo. Sacaron un mortero o cuenco grande de madera, llenáronle
de agua turbia y cenagosa, echaron un poco de sal, otro poco de aceite y
vinagre, sentáronse alrededor, cada uno sacó un pan y echó en aquel caldo una
docena de migas y se pusieron a comer y este fue el principio, el fin y postre
de la comida, ni huevo, agua ni menos vino hasta que alguno de los que miravan
aquel espectáculo les hizo dar un trago y remojar, como ellos dijeron, la
palabra. Yo bien creo que sea causa de esto la miseria de los pueblos de
aquella vecindad y de casi toda la Andalucía, pero estoy en que tiene también
su parte en ello la desidia, la flojedad e imputación y más que todo la natural
porcuna y cochinería con que se crían, viven y mueren sus naturales de lo que
se llama vulgo inferior”.
La cita es demasiado amplia, va a consumir parte de las setecientas
palabras consensuadas. He de valorarla positivamente cuando describe la
realización del gazpacho, no más allá; son indignantes los calificativos que
utiliza al referirse a los andaluces pobres.


El domingo pasado, día 3 del corriente, en el programa de culto de la
progresía española “En lo de Évole”, Sandro Rosell, se defendía (¿?) de ser rico. Contaba que, llegadas las elecciones, los políticos presumían de que sólo
tenían mil euros en la cuenta corriente. “Yo a uno que lleve 30 años
trabajando y tenga mil euros en la cuenta no lo voto. Si tú te has administrado
en 30 años tan mal, ¿cómo vas a administrar al país?, es al revés”.
El
argumento tiene tanta lógica interna en la ideología de la burguesía catalana, que
voy a resistir la tentación de rebatirlo. “Es al revés”, lo que sí quiero
constatar es que el halo despectivo que rodea al dialecto andaluz, a la mujer
de izquierdas, al extranjero pobre (al jeque árabe se le pone el pompis si hace
falta), o a los que defienden el lenguaje no sexista, la educación y la sanidad
de todos y para todos con el argumento de que los servicios públicos no deben
ser un negocio…; forman parte de esa lucha de la clase dominante por mantener su
preminencia y privilegios. La renuncia o la aceptación de la derrota antes de
empezar la partida del “vulgo inferior”, no solo significa renegar de nuestras
señas de identidad, sino también dejar que nos machaquen nuestra dignidad. Soy
consciente de la simplicidad del planteamiento pero deberíamos seguir el
ejemplo de los ricos y luchar por lo nuestro. No es lo que ellos quieren que
pensemos, es al revés. 
Este artículo ha sido publicado en El portal de Andalucía el día 11-5-2020
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