Mi relación con Casas Viejas es larga. Va a cumplir treinta años, pues mi primera visita al pueblo fue a finales de septiembre de 1990, cuando me iba a incorporar el año de prácticas en el hoy IES CASAS VIEJAS (en aquel entonces, y por poco tiempo, una extensión del de Medina, pues no fue hasta principios de 1991 cuando el pueblo se segregó –se independizó- de Medina Sidonia).



    Estuve aquel curso 1990-91 y volvería a ejercer en el Casas Viejas durante casi toda la primera década de este siglo. En los años en que no he estado ejerciendo en el instituto mi relación con el pueblo ha sido continua, debido a las inolvidables amistades que con en él he mantenido. Dentro y fuera del instituto, aunque con Salus a veces me ha resultado distinguir qué pertenecía al Instituto y qué al pueblo, pues el Instituto estaba –como debe ser- plenamente involucrado en la vida del pueblo.


    El pueblo de 1990 era, en extensión, que no en espíritu, muy distinto a aquél en que volví en torno a 2001. Del primer año, recuerdo una configuración en donde primero se veía una gasolinera y el restaurante Las Grullas, luego una gran extensión vacía, y al fondo, el pueblo. Se ve que en aquellos diez años –y algunos más- se dio el boom inmobiliario, pues la extensión vacía se lleno de edificios, muchos sin terminar. Casas Viejas ha conocido la burbuja inmobiliaria y, pese a algunos intentos, creo que nunca ha vivido –para su suerte- la burbuja turística, tan decaída este año por desgraciadas circunstancias. Las  burbujas nunca son buenas: tienen mucha apariencia, pero explotan de repente. Es el destino de toda burbuja; todo niño que juega con ellas lo sabe.


   En 1990 hice amistad con Juan el conserje (en aquel año era sólo Juan, con los años crearía una gran familia), José Luis (luego director un tiempo) y José –Mario- que tenía su cafetería junto a lo que entonces funcionaba de Instituto por las tardes: el Colegio Tajo de las Figuras. Entre novedades y amigos, apenas entré en la polémica sobre la segregación del pueblo respecto a Medina, aunque en los años siguientes fui un asiduo de la “vaquilla”, motivo de encuentro con los antiguos amigos y otros que se fueron haciendo: Salus, buen amigo desde que lo conocí, imagino que sobre el 93, Paco, el “Cobi”, Leonardo,…En el Bar de Ricardo, entre amigos fui escuchando algo –muy, pero muy tímidamente- sobre los Sucesos,…Y Salus aun no había llegado en aquel 90-91, que convertiría el tema de los sucesos en el núcleo de su actividad investigadora y, creo, ha hecho que el pueblo sea bastante más conocido de lo que era en 1990 (prácticamente un nombre en un pequeño capítulo de los libros de historia).


   Volví duraderamente la primera década del 2000. El pueblo estaba en pleno fulgor constructivo (y ya se sabe lo cercanos que están a veces lo constructivo y lo destructivo). El pueblo se había hecho más rico, más grande, pero sus gentes eran las mismas. En el departamento del Instituto se me hicieron compañeros y amigos entrañables José González (Capita) y Enrique Carabaza. Ahora, los dos jubilados, bien para ellos, algo peor para la docencia. El Instituto que estaba abajo, ahora estaba (y está), bien enclavado, arriba, y aunque aledaño al pueblo, formando una parte bien central del mismo. Algún alumno de 1990 se había convertido en profesor, Manolo Viciana, ahora profesor veteranísimo.



   En fin, dejé, con la pena del abandono y la alegría de la estancia, Casas Viejas cuando la crisis. Vuelvo de vez en cuando, pues ¿cómo no volver donde he pasado los ratos más entrañables de mi vida?

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