No puedo precisar cuándo visité Casas Viejas por primera vez en mi vida. Pero seguro que fue en una edad tardía. Cuando tu pueblo, cuando menos en su configuración imaginaria, comienza a quedársete pequeño como territorio en el que encontrar a la chica con la que habrás de compartir el resto de tu vida. No han sido pocos los que el amor les ha premiado su aventura con un feliz, o cuando menos perdurable, matrimonio. Yo no tuve éxito. Quizás por falta de perseverancia o por no contar el medio de transporte adecuado.

La visión que yo tenía entonces de la todavía pedanía era la típica que se configura a partir de la forma de dividir el mundo entre el centro y la periferia. No era pecado mío, y no creo que haga falta que me disculpe. Todo ser humano suele hacer esta escisión imaginaria, considerando el centro en el que vive como el lugar privilegiado, y la periferia todo aquello que se extiende más allá y que se considera, por tanto, desconocido y, por supuesto, subdesarrollado. ¿Pensamiento primitivo? Quizás, pero con esas telarañas mentales solemos ir por la vida. Semilla de todos los prejuicios con que nos manejamos en la consideración de los semejantes. En mi caso no iba a ser menos. 


Además, pesaban sobre esa visión los prejuicios de la opinión generalizada que desde niño habían estado llegando a mis oídos por medio de las bocas de mis paisanos, comentarios tópicos que me había dibujado Casas Viejas como el lugar de la miseria. A eso también contribuiría, y no en menor medida, el contenido semántico del propio nombre de la población. De Casas Viejas se hablaba poco, pero siempre despectivamente. Para colmo de males allí había pasado algo no hacía demasiado tiempo, en la memoria de los más viejos, que contribuía de manera notable a ese silencio. La gente suele ser muy expresiva cuando trata de no hablar de ciertas cosas. Se realza sobremanera el misterio cuando se rehúyen ciertas preguntas. La conclusión a la que llegué reuniendo los trozos sueltos de las respuestas es que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Y si ocurrió lo que ocurrió de algún modo lo tendrían merecido. Las cosas no pasan porque sí. La mentalidad de los que encuentran su acomodo en la derrota. Esa fue también mi zona de confort, como se dice ahora.


Dentro de esta pintura de tonos negros, grises en el mejor de los casos, aparecía de vez en cuando un rayo de luz heroica. Y lo hacía en casa de una tía de mi madre, la tía Virginia. La tía Virginia era hermana del padre Muriel. Y el padre Muriel, en aquella casa era un personaje reverenciado. Se hablaba de él con el orgullo, el respeto y la admiración hacia alguien que estaba llevando a cabo una labor excepcional. Su entrega humanitaria a las gentes humildes de Casas Viejas, donde el destino le había deparado el ejercicio de su oficio sacerdotal, llegaba a mis oídos acompañada de tales elogios que acabé equiparándolo a algunos de esos misioneros que entregaban su vida a los indígenas de ciertas remotas latitudes en el continente africano. Jamás lo vi en persona, a pesar de ser de la familia. Mi deseo siempre fue llegar un día a casa de la tía Virginia y coincidir con una visita suya a su hermana. Como digo nunca ocurrió, y lo acepté con naturalidad, convencido de que a aquel hombre santo, entregado diariamente a su lucha en cuerpo y alma, no debía de sobrarle tiempo para dedicárselo a su familia. 
Foto Mintz


Más tarde, cuando uno consigue ir recomponiendo las piezas del puzle de la realidad bajo la guía educativa del paso del tiempo, comencé a darme cuenta de que tanto la miseria como el heroísmo se delinean de forma ortogonal con respecto a las categorías morales de la bondad y la maldad. Descubrí la paradoja de que todo uso de los juicios morales es algo verdaderamente inmoral. Ni los actos heroicos son buenos de por sí, ni la miseria ha de ser sepultada bajo la capa de tierra de todo lo que consideramos malo. Cuando hoy en día visito Casas Viejas, lo hago ya reconciliado conmigo mismo. 


Ramón Pérez Montero 
24/02/20
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