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Otro hilo conductor de los post de esta serie es como la mujer ha estado permanentemente discriminada e invisibilizada en el mundo rural. Sobre ello son los dos artículos de hoy, una de María Sánchez y el otro de Virgina Piña.
María Sánchez escribe:“Siempre he pensado que lo radical y lo reamente innovador sucede en nuestros márgenes. En nuestro medio rural. En nuestros pueblos. Lazos nuevos, tejidos que se crean, proyectos rompedores, ideas maravillosas, asociaciones, colectivos… y las que están detrás de todas estas iniciativas, en la mayoría de los casos, son mujeres.
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Mujeres unidas reivindicándose y haciendo notar su voz. Ocupando los lugares que les correspondían, llegando poco a poco y, a l fin, a los medios. Haciéndose con el espacio que les tocaba y que siempre les había sido arrebatado… Porque aunque vivimos en tiempos de feminismo y en una sociedad en la que no se para de reivindicar la igualdad, las mujeres nuestro medio rural siempre han estado ahí, trabajando en el campo, una tarea que se encadenaba, como una extensión, a todas las labores domésticas que ya de por sí realizan. Una injusta asignación del rol productivo que se da siempre de por sí, como tal, en la familia. Ese trabajo de ellas con sus parejas en el campo- escribo “trabajo” y no “ayuda” porque estoy cansada de perpetuar esta desigualdad – nunca ha sido valorado como tal y siempre ha aparecido, reducidas, como si no significaran nada, a la categoría de “ayuda familiar”. Lo que supone una realidad en el mundo rural llena de desigualdad y, por supuesto donde la mujer es invisible. Al ser el hombre el único titular, es también el único rostro y voz de cara a la sociedad. Al no existir una titularidad compartida de la tierra, las mujeres siguen sin existir, en un medio lleno de consecuencias nefastas para ellas, y para la sociedad en la que vivimos, perpetuando los valores y sistemas patriarcales y facilitando que el medio rural siga siendo completamente masculino… Porque es difícil quitarse esa mochila que se les impone desde pequeñas a las mujeres de nuestro medio rural. Ser atentas y pendientes de todo y con todos. No podemos convertir este sacrificio y esta desigualdad en una virtud. Nuestras mujeres rurales son mujeres como cualquiera y necesitan lo mismo que el resto: acabar con la constante discriminación e invisibilización… Como mujeres, también luchan por sus pueblos. Conectividad, servicios básicos, educación, sanidad, cultura ¿En qué momento hemos permitido que nuestros pueblos y sus habitantes no tengan los mismo derechos que los habitantes de las ciudades? ¿Por qué seguimos perpetuando esta discriminación hacia el medio rural y sus habitantes, agravando ya de por sí la desigualdad que sufren sus mujeres?”
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Virginia Piña Cruz dice: “Cuando en el 2018 estuve en Casas Viejas por primera vez, me quedé asombrada con un relato que escuché: Tras los Sucesos del 33 y más aún durante la Guerra Civil muchos hombres se echaron a los campos, se fueron al extranjero o murieron a manos del bando fascista. Casas Viejas, al igual que muchos otros pueblos andaluces, quedó sin manos que labraran las tierras o guiaran al ganado. Así que, abandonando las cocinas, las casas, las salitas, las mujeres de los pueblos se arremangaron, y asumieron ellas tanto la crianza y cuidado de sus hijos y sus hogares, como el cuidado del campo y las bestias, para poder alimentar a su casta.
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A pesar de esto, hasta el año 79, las mujeres nunca piaron por no tener la cartilla agraria, donde venían apuntadas los jornales echados en los cortijos y fincas de los señoritos. Eran los cabeza de familia quienes optaban a dicha cartilla. Así, solo ellos podían optar a los derechos que otorgaba el tener los jornales apuntados, como poder ir al Empleo Comunitario, un remedio inventado por el Gobierno de Franco para tener al jornalero entretenido cuando no había faena en los campos, limpiando carreteras o plantando árboles en las sierras. Si el marido caía enfermo o si moría, la mujer se queda sin opción de comida que llevar a sus hijos, pues sin esa Cartilla Agraria, no existía en el mundo laboral del campo.
Sabemos, no solo porque nos lo haya dicho el feminismo, sino por experiencia propia, porque lo hemos vivido en nuestros pueblos y municipios y en carnes propias, que la mujer siempre ha trabajado en el campo, que sus manos nunca faltaban cuando había que recoger las aceitunas del suelo helado, o los ajos o la uva con el sol derritiendo los hombros. Aun así, no fue hasta el año 96, que un convenio del campo no incluyó la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Hasta entonces, su sudor y sus manos solo valían la mitad.
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Amigas jornaleras, compañeras trabajadoras, me han contado en muchas ocasiones sobre cómo las mujeres parían en mitad de los olivos, como no era raro ver a las mujeres con una panza de 8 meses, agachadas recogiendo aceitunas, o transportando los capachos hasta arriba por el monte recién parias. Hasta el año 2005, el convenio del campo no incluyó un artículo donde las mujeres embarazadas tenían derechos.
Pero si hay situaciones que vemos más, y que sabemos que son el pan nuestro de cada día, es cuando te dicen que sin hombre no puedes trabajar. Olvídate de ir al campo a trabajar si no tienes un familiar varón que te avale. El paternalismo y el machismo en su máxima expresión. Y hasta el año 2014, ni a los sindicatos ni a los empresarios se les ocurrió incluir un artículo que nos hablara de la igualdad en el campo.
Cuando se vive al margen, en la periferia, donde nadie mira o donde nadie quiere mirar, es cuando realmente hablamos de las invisibles, silenciadas, escondidas tras un tupido velo opaco. Lo peor de que no te mencionen, es que no existes. Y para quienes no existen, para quienes nadie ve, los derechos son tan mínimos que casi se les olvida que también ellas estuvieron y están ahí.
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