Éste es un itinerario de la memoria de un pueblo pionero cuyas huellas no las ha borrado el tiempo. Las casas, las instalaciones, las infraestructuras actuales de esta pedanía son el producto de una historia cargada de sufrimiento, de duro trabajo, de dificultades, de penurias, pero en su origen rastreamos los anhelos de unos hombres humildes que quisieron crear unas condiciones de vida más justas que las que conocieron sus antepasados y que intentaron llevar a la práctica en un período que nació como una fiesta democrática una primavera, la República.
Fijémonos en el actual ayuntamiento, el despacho médico, la escuela, la sede de la comunidad de regantes, los garajes. Son de una arquitectura peculiar porque hace ocho décadas eran pabellones de militares. El lugar donde se asienta hoy San José de Malcocinado era un cortijo del marqués de Negrón que el Ministerio de la Guerra adquirió para esteblecer en él una yeguada militar. Las iniciales YM que aún hoy se ven aquí son un vestigio de aquella empresa castrense, que no prosperó porque al parecer los elementos ambientales no eran propicios para la cría de yeguas.
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Pero cabe preguntarse si el asentamiento representó para estos campesinos una mejora en sus condiciones de vida. Hagámonos esta pregunta observando las casas de los actuales habitantes de Malcocinado. en un primer momento, los alojamientos hubieron de improvisarse en los establos de la yeguada. La mejora sólo llegó más adelante. Según se describía en “Claridad”, a cada asentado se le dio una casa, compuesta de cuatro habitaciones con ventilación directa y solería de cemento, cocina con chimenea y poyo de hornillas y anaqueles, comedor, sala y alcoba, además de locales propios para el descanso de los trabajadores “y no las chozas en que vivían en la aldea, sin ventilación ni higiene, que aquí no se utilizan ni para los cerdos”.
