Nos han llegado muchas fotografías nuevas de la familia Mintz. Una de las joyas es la primera foto de hoy. Hay muchísimas más y, poco a poco, les iré dando la difusión oportuna.
Los dos personajes que aparecen en la primera fotografía son Curro Cózar Guillén y Juan Moreno Vidal. Se encuentran en el bar Palomino, nombre que le viene de la bodega Palomino y Vergara. El bar se abrió en 1960, era muy reducido, alrededor de 10 o 12 metros cuadrados, y la barra era pequeña; dice el refrán que las grandes esencias se guardan en frascos pequeños.
A la izquierda estaban los barriles de vino y en el fondo, pequeñas repisas donde se colocaban las botellas de los diferentes licores; como se observa en la primera fotografía, existía un dominio aplastante del anís. Para enfriar las bebidas se utilizaba una especie de nevera que se rellenaba con hielo.
Contaba con 2 o 3 mesas redondas, del tipo tijera, que se ponían en la puerta los días de sol. La clientela estaba formada mayoritariamente por cazadores. Allí se reunían para comentar anécdotas de caza, contar alguna que otra «mentirijilla» y hablar de las hazañas de sus perros.
El bar no solo era el centro de socialización, sino que también a veces funcionaba como un polvorín donde se fabricaban cartuchos de caza. Todos colaboraban: unos recogían los restos de plomo que en ocasiones procedían de sobrantes de las instalaciones de agua; otros los llevaban a Jerez o a San Fernando para convertirlos en la munición; otros recogían la pólvora y el detonador; otros, los cartuchos vacíos ya utilizados para volverlos a usar; y la mayoría colaboraba en el propio bar en el proceso de recarga con materiales muy rudimentarios. Cuando los cartuchos de cartón se mojaban, se llevaban al horno de una panadería para secarlos y, por efecto del calor se convertían en un auténtico misil. Las personas que desconocían el ambiente del bar se sorprendían, a veces, al pasar por la puerta y «oír» tantos disparos y «ver» como los cazadores «disparaban a las piezas».
Fue el lugar donde ocurrió aquel incidente que sirvió para el estribillo más famoso de nuestro carnaval. Aquello de: «Trincamo ar Gallino que está en Palomino…». Era tanta la camaradería que existía entre todos que cuando Curro no podía abril el bar, algún cliente se encargaba de hacerlo, servir a los demás y dejar apuntado con una tiza en la pizarra los vasos que cada uno se había tomado.
He tomado la información del artículo de hoy de un préstamo que tenía guardado. Al que dio la información sé que no le va a molestar, pero, por si acaso, le tengo preparado un regalo de compensación. Aquel americano entrañable que regalaba libros nos sigue trayendo hoy nuestra esencia. La guardó en frascos pequeños, atrapó la luz de un instante en una diapositiva y su familia nos la ha dado para que la hagamos extensiva a sus verdaderos propietarios.

