Catalina y José-Agustín nunca renunciarían a su nacionalidad española. Puro sentimentalismo. Sus hijos, cuando llegó el momento, se decantaron por la de la tierra donde habían nacido y en la que se habían criado. Los padres nunca fueron a inscribirse en el consulado franquista. Poco podía unir a Catalina con la derrotada república en cuyo nombre habían muerto casi una decena de sus familiares, pero menos todavía con la dictadura que asesinó a su hermana mayor e iba a hacerle la vida imposible a los que quedaban vivos. Como a otras tantas decenas de miles de vencidos que iban a cambiar el exilio interior por otro al que llamaron “emigración económica” y que llenó de colonias hispanas a Francia y Alemania.
Con discreción, sin hacer ruido apenas, como no queriendo molestar, fueron llegando la madre de Catalina, María Cruz Gutiérrez, la hija de Seisdedos, que terminaría reposando definitivamente en el cementerio montalbanés, a unos pocos pasos de los restos de Manuel Azaña Díaz, el máximo responsable político –como presidente del gobierno y ministro de la Guerra en enero de 1933- de las muertes de Casas Viejas, sus hermanos Curro y Juan y otros familiares de Casas Viejas que no podían soportar más ni la ruina de la autarquía franquista ni la victoria que día a día se les recordaba.
Los años fueron pasando a la vez que, cada vez más, se iban viendo más claros en los actos que celebraban el 19 de julio –el día de la revolución- en Toulouse, la “fábrica de terroristas” para las autoridades franquistas. Catalina y su familia, definitivamente instaladas en Montauban, fueron poco a poco difuminándose en la sociedad francesa. Aunque abandonadas las esperanzas de un pronto regreso, España no se olvidaba. Pasarían varias décadas para que la ya madura mujer regresara a las tierras que abandonó de joven. Al cruzar la frontera por Irún volvió a sentir escalofríos al ver a los tricornios de la Guardia Civil. No lo pudo evitar a pesar de que el dictador hacía ya tiempo que había muerto.
Pocas veces volvió. Algunas más lo hicieron su compañero y sus hijos. Ni España era la misma ni Casas Viejas. A fin de cuentas la comunicación con quienes le interesaban nunca se había roto del todo. Catalina y Agustín nunca se naturalizaron franceses. No pisaron ni el consulado franquista ni el del reino democrático que ahora es. España es algo más que un ente administrativo, es un sentimiento que se lleva en el corazón. Ahora, algunos de sus hijos piensan pedir la doble nacionalidad que les ha concedido la Ley de la Memoria Histórica. Si no les termina por desanimar la mala información que les proporcionan las autoridades consulares.
Mientras, sentada en su sillón, contemplando los programas de las televisiones española y andaluza ve pasar los días, junto a sus hijos y con las llamas de aquella noche invernal ya lejana siempre ante sus ojos. A la vez que se siente orgullosa de su vida, de cómo ha sobrevivido, de que, joven, nadie podía con ella. Con esta mujer que pertenece a la historia, la última testigo del crimen de Casas Viejas.

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