La foto de Mintz captura un instante de finales de los sesenta. Un grupo de niños va a posar para una fotografía en la puerta de su casa, pero el más pequeño no quiere y llora como un descocido. Entonces la hermana lo sube para que salga en plena rabieta, las demás niñas ríen a rabiar la ocurrencia, sólo Mari aguanta y mira a la cámara del americano. Antonio Peña Moreno llora posiblemente porque no quiere salir en la fotografía. Mari Peña Moreno sonríe ante la situación y mira satisfecha al americano. Carla Mintz, como una más, integrada al igual que su familia, se ríe y disfruta de la escena. Lo mismo que la hermanas Luisa y Manoli Domínguez Salcedo. Cierran la escena Juani y Pepi Peña Moreno. La cotidianidad de la escena es tan aplastante que por eso resulta tan bella. No creo yo que la nostalgia, que ya no es lo que era, nos haga pensar que cualquier tiempo pasado fue ni mejor, ni peor. Como reza el dicho cualquier tiempo pasado fue anterior, pero contemplando la foto creo que los indios tenían razón, que las fotografías roban el alma, no al que se la hace, sino al tiempo en el que se hacen, convirtiendo el instante efímero en algo eterno e inmortal, como esta alegría de vivir que refleja esta fotografía.
