Coca Pérez en su libro Los camperos lo cuenta de la siguiente forma: “En la década de los cuarenta el control del mercado de trabajo por parte de las élites locales es absoluto. Durante el primer franquismo sin ninguna posibilidad de defender los mínimos derechos laborales, los jornaleros viven una de sus peores épocas de su historia. El contrabando y el estraperlo se convierten en actividades desde las que se sortean las restricciones impuestas. Las besanas en inviernos y las eras en verano se multiplican por todos los sitios en las zonas arables, mientras que en las sierras se intensifica la producción del carbón. Las piaras de cochinos en las montaneras, las retintas en las sierras y vegas, los pavos o las cabras, aprovechan las viejas dehesas basadas en una mano de obra barata y dócil… La multitudinaria presencia de personas en los montes públicos y privados dedicados al carbón originó asentamientos estables… Macías, recuerda cómo los salarios bajaron fulminantemente tras la victoria del levantamiento militar: Cuando empecé a segar habíamos echado en el Palmitoso 22 días, habían tratado a 10 pst la fanega y viene un delegado aquí de Alcalá y un empleado y nos llamaron. Ya se había acabado la guerra . Y le echaron una multa al dueño por haber pagado más que en el convenio. … Nos bajaron a 6 con 50”. La sierra, desde que en el siglo XIX se impuso el Nuevo Régimen siempre había sido escenario de las lides entres trabajadores y propietarios, personas fuera de la ley (contrabandistas y maquis) contra los representantes de la ley (guardia civil y requetes) en los cuarenta, gentes que vivían allí y no tenían nada versus personas que eran absentistas pero que lo tenían todo. A partir de los sesenta, la sustitución del carbón por el petróleo, las repoblaciones del ICONA primero y la PAC después han vaciado estas tierras de personas y animales autóctonos y las han llenado de venados y cazadores foráneos, al coincidir por el campo de la conservación los intereses de los gobiernos con los de los grandes propietarios. Esta guerra ancestral ha sido ganada por los segundos, las casas y chalets de gente de fuera y los sobreros tirolés eran síntomas de ello. Tendremos tiempo en otras entradas de ir profundizando sobre estas guerras. Aunque no sirve de nada y sólo es testimonial, un amigo mío no le hizo caso a la indicación de un cazador en el sentido que no podíamos entrar a la finca donde estaban las cuevas porque estaban de cacería. Nos es que la cultura de las piedras vaya a ganar a la cinegética, pero la actitud de mi amigo me dio una cierta alegría. Menos da una piedra.
