En época de desempleo los trabajadores generalizadamente se dedican fundamentalmente a la caza menor. El producto se vendía a los comercializadores locales, tenderos o en las ventas. A veces, de casa en casa por los miembros menores del grupo doméstico o por las esposas o madres de los jornaleros.
La técnica de la caza con lazo predomina. La confección del lazo no es difícil ni cara. Sólo hace falta alambre y una estaquilla, que suele ser de acebuche, aunque por su dureza se prefiera la encina. Cualquier época del año era propicia para poner los lazos, pero más en verano: “El hombre que se quedaba en la calle, que no se había podido meter en las corchas o en la remolacha, ese seguro que iba a por conejos…” Juan, lacero. 30 años. 1993
Las huellas que deja el conejo, en esta época del año, son más identificables en el campo y los ejemplares que se cazan de mayor envergadura. Por lo general se entra en la finca por la tarde: “tu entras por la tarde, pero depende de que la finca esté acotada o no. Si no está acotada te da igual. Pero prefieres, también ir por la tarde, porque por lo general, hay ganado que te puede correr los lazos… Pones los lazos y te tiras dos o tres horas y te vas. Y ya por la mañana hechas en recogerlo, una hora más o menos. Depende lo regado que los hayas dejado» Juan lacero. 30 años. 1993
La generalización de esta práctica entre los jornaleros hizo que, incluso en la emigración, se ejercitaran en la cacería de conejos en contextos urbanos. Algunos emigrantes en Alemania recuerdan cómo abordaban los parques públicos donde veían saltar a los conejos “como si fueran ratas” y, como siguiendo las veredas dejadas en la nieve, los cazaban clandestinamente.
Fotografía Jerome Mintz. 1971
