La versión del Diario de Cádiz narra los mismos hechos, pero con distinto fondo y forma. La crónica del 9 de mayo de 1933 la firma Don Braulio: «Unos muchachos que meses antes se juraron amor eterno ante el altar, atemorizados abandonaron el nido y entre una lluvia de balas corrieron a campo a traviesa hasta llegar al caserío de un cortijo, el denominado “Cañada honda”, propiedad del rico labrador asidonense Don Miguel de los Reyes y Chavez. Allí buscaron refugio, allí lo encontraron; los señoritos andaluces son siempre hidalgos y generosos, hospitalarios y nobles. En Cañada Honda se les atendió como a unos amigos de la casa. Allí se encontraba aquella noche el novillero de Castilleja de la Cuesta, Diego de los Reyes, sobrino del dueño de la finca y otros compañeros de profesión. El silencio de la madrugada lo turbó el lloriqueo de un recién nacido. La mujer que con su marido había huido de Casas Viejas, daba a luz una chiquetina de ojos negros, como la noche trágica». Si la manera de contar los prolegómenos del bautizo difiere tanto entre el periodista de la CNT y el del Diario de Cádiz, las diferencias no se atenuan cuando se dedican a narrar el bautizo en sí. Dice Pérez Cordón: » Pasan algunos días. Llega el momento esperado. Autos, vino, dinero, mantillas, jolgorio. Plan de diversión, de fiesta flamenca, taurófila. Han sido invitados periodistas, fotógrafos, toreros, capitalistas. Multitud exhausta de sentimientos, carente de noble pensar. Gente del día que la vida ve pasar viviendo. Suben a los autos. Trepidan. Y veloces emprenden la marcha camino de Casas Viejas, la moderna Benalup de Sidonia. Se ha corrido la voz por la aldea. «Vienen a bautizar al niño de fulano». Los coches han llegado. Y el pueblo enlutado contempla con pena el lujo fastuoso, la alegría desbordante de aquella gente tan cristiana que no sentían el dolor de los demás. Se ha terminado la ceremonia. El padrino tira el dinero y dulces a manos llenas. Los chiquillos engolosinados corren tras ellos, dando constantes vítores. La burguesía y la autoridad ríen beatíficamente. Incorporáse al cortejo. Y este sube callejas. Al fin se paran. El padrino trae dulces y dinero. Los chiquillos gritan, se dan empellones por coger la «inmunda» moneda o el «envenenado» caramelo. El vino no podía faltar. Alguien empieza a repartir el zumo de la vid, enardecedor de la sangre… Inesperadamente han llegado unas mujeres, esas mujeres jóvenes y viejas que tienen sangre noble y rebelde, sangre de mártires y pasionarias de lucha y amor… – No tenéis conciencia; no tenéis dignidad; sois unos canallas!- gritaban las mujeres. ¡Beber vino, divertirse, reír, patear, hacer alarde de vuestro poder con el dolor de los trabajadores! Ellos no escuchaban. Reían. Cantaban… ¡Más vinos! ¡ más dulces! ¡más monedas!. – ¡Viva el padrino! ¡Viva Diego de los Reyes! – coreaba la chiquellería. – ¡Canallas! ¡Canallas! ¡Asesinos! – exclamaban las mujeres desesperadas».
