Foto Mintz. La tienda de la Berenjena

Hablamos en entrada anteriores como en la autarquía, en la inmediata postguerra debido al nacional patriotismo y el intento de demostración del régimen que no necesitaba ninguna relación económica con el exterior intentando demostrar que España era autosuficiente económicamente, también al ninguneo que sufrimos internacionalmente después de la Segunda Guerra Mundial y al férreo control del estado sobre el mercado y la economía se impuso obligatoriamente la escasez, la miseria, el hambre y el racionamiento. Ante el desabastecimiento del mercado y el pretendido control de él aparecen dos fenómenos, que si bien no son nuevos en la zona, adquieren su mayor expresión. Hablamos del estraperlo y el contrabando. 

Estos dos fenómenos se desarrollaron a varias escalas, por jornaleros y mujeres pobres como remedio a una situación crítica y por poderosos propietarios y adscritos al régimen que aprovecharon el clima de corrupción existente para amasar grandes fortunas. Un papel intermedio jugaron los pequeños comercios. Me consta por testimonios de estraperlistas y contrabandistas que muchas pequeñas tiendas de Benalup de Sidonia participaban en estas prácticas. Los contrabandistas que iniciaban su camino en el campo de Gibraltar y tras cruzar la sierra daban con sus pasos en Benalup dejaban parte de su mercancía en tiendas que a su vez lo vendían en el pueblo o lo pasaban a otros pueblos como Chiclana o Vejer. Para el caso del estraperlo Antonio Cazorla cuenta en Los españoles de a pie en el franquismo: «Los pequeños comercios de comestibles fueron cruciales para la organización del mercado negro, pues los vecindarios y pequeñas aldeas solían contar con al menos un establecimiento a través del cual las autoridades gestionaban el racionamiento. En teoría, los minoristas recogían el género directamente de la sede del consistorio local y, en base a las cantidades disponibles y a las diferentes cartillas de racionamiento, lo distribuían entre la gente. En la práctica, las cosas eran a menudo muy diferentes. En primer lugar, era muy común que el género no llegara o que lo hicera en cantidades insuficiente. En segundo lugar, con una corrupción descontrolada entre las autoridades locales y los concejales a cargos de los abastos y sus asociados, era práctica común que se apropiaran de parte del género, llenando primero sus despensas y beneficiándose después con la venta del resto, que a menudo adulteraban o que sustituían por otro de calidad inferior. Comerciantes amigos o familiares de las autoridades solían estar envueltos por el hurto, porque a menudo eran precisamente sus tiendas las designadas por aquellas para repartir los abastos. Por último, los minoristas también se apropiaban de una parte o sustituían los productos por otros. Los que quedaba era lo que el consumidor compraba a precios oficiales». 

Foto Mintz. Perico el del pescado vendiendo de forma ambulante en la calle Medina


Hay una serie de características que distinguían al comercio de esa etapa. Podemos hablar por ejemplo del régimen de pagos, dominando absolutamente el sistema fiado o el original sistema fraccionado conocido como dita. Gran importancia tiene la venta ambulante e itinerante, al contrario que ahora, muchas veces era el vendedor el que se acercaba a la casa o a la puerta del potencial comprador a ofrecerle la mercancía. Son de destacar los trueques o sistema de recoba donde los repartidores cambiaban harina por leche, pollos por zapatos o café por huevos. Pero la gran diferencia con la actualidad radica en el trato humano entre el tendero y el cliente. Los trabajadores de la tienda solían ser los propietarios  y pertenecían a un escalón superior al de los jornaleros en el estrato social del pueblo. El fiado en las tiendas era una forma de adscripción de una familia a un establecimiento. La asistencia a las actos sociales familiares otra manera (entierros, bodas, bautizos, comuniones…según los casos y la intensidad de las relaciones personales) Los que compraban en una tienda no podían ser clientes de otras. Las relaciones que se establecían entre propietario y cliente estaban basadas en vínculos personales. Se establecía un vínculo casi de vasallaje entre uno y otro, en el que la superioridad estaba siempre de parte del tendero. Pero, como ocurre generalmente en los asuntos de las relaciones personales, la práctica y la casuística era muy amplia. Esta relación comercial hacía que se establecieran verdaderas relaciones de amistad entre familias. En muchos casos los propietarios de las tiendas posibilitaron que los frecuentes “baches” o “malas rachas” fueran simplemente eso. Existen multitud de historias de agradecimiento de familias que en un momento determinado necesitaron la ayuda, la confianza o hasta la caridad del tendero o la tendera y la obtuvieron. Las familias retiraban productos y no los pagaban en ese momento. A efectos de llevar un control de deudas, los comerciantes se servían de un libro de cuentas en el que se destinaban varias hojas a cada una de las familias del pueblo  y donde se iban haciendo anotaciones de los artículos adquiridos y su precio, así como de la fecha en la que se hacía la compra. Estas cuentas se liquidaban cuando la familia en cuestión disponía de algún dinero procedente de la terminación de la siega, el algodón,  el carbón, la venta de un cerdo, etc. 
Foto Mintz. La tienda de Chinchorro



Estas mismas situaciones también las relata Antonio Cazorla en el libro que nos está sirviendo como base para esta serie: «Sería no obstante injusto tildar a los pequeños minoristas de parásitos que se aprovechaban de los apuros de sus vecinos. Ellos solo hacían lo mismo que casi todo el mundo (que podía) para sobrevivir. Pero es que además, y en especial en pequeñas localidades y barrios obreros, los minoristas solían proveer a crédito todo tipo de productos, desde alimentos a calzado, funcionando en la práctica como prestamistas. Las compras a crédito eran anotadas meticulosamente en libros de cuentas en dos columnas: en una aparecían el género y la cantidad a pagar y en la otra el reconocimiento de la deuda por parte del cliente. En el código moral de los pobre, lo adeudado debía ser pagado cuando las cosas mejoraran. Cuando no era así los deudores eran con frecuencia objeto de la crítica del vecindario, y sus posibilidades de crédito futuro se veían muy mermadas. Estas críticas no solo eran una censura a conductas moralmente reprensibles o «feas», sino también a las que ponían en peligro un mecanismo de supervivencia de la comunidad». Estaba claro que los comerciantes necesitaban a los jornaleros y sus familias y estos a los comerciantes. Había que entenderse y lo hicieron, no había otra posibilidad.
Foto Juman. La tienda de Paz Vela

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