Siempre he pensado que cuando Franco dijo aquella famosa frase de que lo dejaba todo atado y bien atado se refería a que había conseguido  alejar a la mayoría de la población española de la política activa, dejando de ser ciudadanos para ser súbditos.

Antonio Cazorla lo cuenta de la siguiente forma en Los españoles de a pie bajo el franquismo: «Entre la mayoría de los españoles predominaba la idea, y se podía decir que incluso el sentimiento, de que no se repitiera la gran masacre de la Guerra Civil o la violencia de los primeros años de la dictadura. Había miedo y en el horizonte estaba siempre la cuestión de qué pasaría a la muerte del dictador… Después de las estridencias de sus años más fascistas, la dictadura se había asentado dentro de un patrón de normalidad que requería desmovilización política y conformismo social. Los españoles eran incitados a ocuparse de sus vidas privadas y a dejar el resto en manos del régimen. En eventos públicos se esperaba que la gente se comportase como simples espectadores, y no como actores. Como resultado, la sociedad que experimentó el boom económico de los años sesenta era individualista y políticamente indolente, ocupada de su propio bienestar y el de sus familias, y muy indiferente al bien común. Esta actitud había permitido a la gente más pobre sobrevivir a la insensibilidad social y a la dureza represiva del Estado, pero también había beneficiado al régimen, que contaba con el conservadurismo, la pasividad generalizada y el miedo para llevar a cabo sus políticas sin tener que hacer frente a cualquier oposición social organizada. En áreas poco desarrolladas de España, donde la pobreza y el fenómeno migratorio habían hecho estragos —en la práctica, la mayoría de las provincias y zonas rurales del país— esta pasividad estaba especialmente enraizada… En todas estas zonas eran característicos el retraso económico, el predominio de la economía agraria, el declive poblacional (o el crecimiento mínimo), la falta de industrialización y las insuficiencias educativas y de servicios sociales…el vacío social resultante fue ocupado por organizaciones independientes que incluían desde las muy conservadoras asociaciones de padres católicos y de amas de casa a otros grupos más progresistas como las asociaciones de vecinos, que comenzaron a florecer cuando la ley de asociaciones de 1964 lo permitió». 



Benalup de Sidonia perteneciente a Medina Sidonia no va a tener asociación de cabezas de familias hasta el 23 de mayo de 1966.  El presidente será el alcalde pedáneo D. José Romero Bohollo y estará acompañado por la élite social, económica y cultural de la época. Mediante este sistema comienza un pluralismo político limitado que se va a reflejar en tres aspectos; en el Ayuntamiento de Medina empieza a ser constante la reivindicación de la Segregación de Benalup, se reivindica la mejora y dotación de equipamientos e infraestructuras urbanas y en esta misma localidad se van a formar dos grupos de poderes, que aunque ambos son fieles y pertenecen al franquismo sociológico tienen grandes disputas entre ellos.

Sobre el final del franquismo y la incertidumbre que creaba su posible desaparición escribe Antonio Cazorla: «Los trabajadores (sobre todo aquellos sin cualificación), las generaciones más viejas y las mujeres eran en su mayoría partidarios de mantener el statu quo político. Por el contrario, la gente joven y los ciudadanos mejor formados eran más propensos a aceptar el cambio…El gobernador civil de Cádiz dio una interpretación muy acertada de la situación, en muchos aspectos contradictoria, en su memoria del año 1972 al escribir que:
La mayoría silenciosa tiende hacia un socialismo moderno que equilibre el progreso social con una distribución igualitaria de la riqueza […]. «



Al final del franquismo, asistimos a un limitado pluralismo político en el que participó solo un sector de la población, pero no exento de enfrentamientos y polémicas entre ellos. Si bien todos pertenecían al franquismo sociológico, los enfrentamientos internos entre los dos grupos fueron notorios. Como las disputas políticas entre el alcalde pedáneo José Romero Bohollo, poseedor del poder oficial, más cercano a Medina y a las Lomas y Nicolás Vela Barca, representante la saga tradicional que había mandado en Benalup desde su creación desde el siglo XIX y que dieron lugar a episodios épicos; por ejemplo, cuando hubo que nombrar dos reinas de las fiestas, porque cada uno tenía una candidata o el caso de la remodelación de la Alameda y la famosa escalera del culo.



Recurro de nuevo a Antonio Cazorla: «Esta tendencia ideológica es fácilmente adaptable a cualquier régimen o sistema político capaz de implementarla. La muerte de Franco anuló la ecuación de paz a cambio de negar los derechos políticos y sociales de la población que había anclado al régimen a la sociedad española desde su fundación, y a los mismos pobres desmovilizados que habían apoyado pasivamente a la dictadura comenzaron entonces a decantarse por la liberalización política y la adquisición de nuevos derechos sociales y, al mismo tiempo, a aprender a ser ciudadanos de una democracia».



El caso de Benalup de Sidonia se individualizaba porque esta apoliticidad, este conformismo y este fatalismo se radicalizan ya que tanto la dependencia económica, como política (siendo una pedanía de Medina Sidonia) era mayor que en el resto de España y del entorno, a lo que había que unirle la tremenda represión que empezó en el 33 pero que continuó durante todo el periodo. Pero como veremos en próximas entradas la llegada de la democracia trajo un espejismo revolucionario a aquel Benalup de Sidonia de mitad de los setenta.
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