Introducido el tema, definido el objeto de estudio, la España rural y los mitos y falacias a desmontar, Sergio del Molino pasa a abordarlo uno a uno. En primer lugar se detiene en la España negra, en los grandes crímenes trágicos ocurridos en el mundo rural. Aborda Fago, en el Pirineo aragonés, Puerto Hurraco en la España profunda cacereña y el de los sucesos de Casas Viejas en 1933, que fue el precedente de todos ellos.
De hecho creo que me llegó este libro, en parte, por lo que aparece de los sucesos en él. Dice lo siguiente Sergio del Molino: “En enero de 1933, un joven periodista llamado Ramón J. Sénder subió por primera vez en su vida a un avión y cruzó la Península. Contempló alelado la misma alfombra marrón que contemplan hoy quienes despegan desde el aeropuerto de Barajas y cambió la idea que tenía de su país. Le deprimió aquel barbecho interminable. Era efectivamente un mar de tierra, como cantaban sus amigos poetas y los viejos pesados de Unamuno y compañía. Sender volaba el sur, hacia Sevilla. Quería llegar pronto, antes que los demás reporteros. Antes incluso que el ejército. Quería ver la escena de la matanza sin limpiar, con la sangre y los cadáveres en el suelo. Su destino era Casas Viejas, un pequeño pueblo de Cádiz donde se había producido un levantamiento anarquista, uno de tantos de los que agitaban el muy agitado campo andaluz. Los campesinos sublevados rodearon el cuartel de la guardia civil, donde se hicieron fuertes doce agentes. Un grupo de refuerzos llegó desde otro pueblo para liberarlos, lo que lograron con facilidad. Identificaron al cabecilla de la insurrección, un tal Seisdedos, y un destacamento de guardias civiles y de asalto rodeó su choza. Como en las películas del oeste, la acribillaron con disparos de rifle y ráfagas de ametralladora. Mataron a toda la familia. Pero los agentes no tuvieron suficiente y acordaron vengarse de todos los campesinos insurrectos. Fueron casa por casa buscando a presuntos anarquistas y los llevaron a rastras hasta la choza de Seisdedos. Allí les mostraron su cadáver y los de su mujer e hijos. Apresaron a doce campesinos. Les reunieron la en la choza y los ejecutaron. Sender iba a cubrir como reportero una matanza que comprometía seriamente el gobierno de izquierdas de la República. Por lo visto, los asesinos habían seguido instrucciones de la Dirección General de Seguridad (según apuntaba el mismo Sénder).
Al llegar Sender encontró un pueblo miserable, castigado por siglos de abandono, crueldad y pobreza. No le costó atribuir la matanza a una explosión de furia endémica, una manifestación ibérica del crimen, algo propio de la España bárbara y de un gobierno que trataba a los campesinos con la misma barbarie que les atribuía. Tiempos después, aquel mismo Sender, que también era un chico de pueblo crecido en las comarcas profundas y áridas que hace frontera entre Aragón y Cataluña, escribió una novela canónica sobre los odios de la Guerra Civil en el campo, Réquiem por un campesino español. Hay compasión en Sender. Sobre todo, compasión política. Pero hay también una conciencia inapelable de la crueldad ibérica. El campo como el espacio donde todo se exacerba, donde las emociones primarias rompen la censura de la civilización, y tanto las víctimas como los verdugos están sometidos a una violencia ancestral que mana de la misma tierra. La percepción es injusta, pero persistente. Todo lo malo de España viene de la parte vacía del país. Cada crimen cometido en el campo tiene un impacto en la prensa que no tiene los que se cometen en la ciudad. Hay un sustrato que Lorca sabía identificar muy bien y rimaba en tono de tragedia griega…”
El texto tiene puntos débiles y fuertes, empecemos por los primeros. Sergio del Molino yerra, como es natural, en los detalles del relato. No son doce agentes, sino cuatro los que había en el cuartel de la Guardia Civil, Seidedos no era cabecilla de nada, no mienta los dos guardias civiles muertos en el ataque al cuartel y deja casi por sentado la culpabilidad del gobierno de Azaña siguiendo el relato de Sender.
Pero pese a ello, personalmente, creo que los puntos fuertes inclinan positivamente la balanza. Sergio del Molino establece como a partir del relato de Sender estos sucesos se van a instalar en el imaginario colectivo de los españoles como representación de algo brutal, criminal, visceral, propio del mundo rural. Tradición que se enmarca con el mundo lorquiano y llega hasta la actualidad, de tal forma que los sucesos de Fago o Puerto Hurraco recordaron a los sucesos ( o los incidentes del paro comunitario en Benalup de Sidonia en septiembre de 1982 o con los furtivos en Medina en 1983). Esta visceralidad en el campo, esta “percepción injusta, pero persistente”, ha llegado hasta la actualidad, produciéndose la paradoja que en el pueblo no se querían recordar los sucesos, aunque sabían que no podían olvidar, y el mundo urbano o lleno se sentía atraído por ellos, en sus diversos sectores para ser utilizados políticamente, intentando resolver sus problemas del presente con lo ocurrido en el pasado.
En enero de 2015 se inauguró el ECCV tras ochenta y dos años de ninguneo y manipulación de las víctimas. El centro un verdadero espacio de homenaje a las víctimas parecía terminar con una tendencia de tergiversación y manipulación que ha durado demasiado tiempo. Aunque todavía hay quien piensa que los culpables fueron los campesinos “los Seidedos dispararon primero”, (sin reparar en circunstancias y causas históricas) y que la verdadera perjudicada fue la España urbana, culta, progresista y llena. “Sobre el que franquistas y anarquistas coincidieron durante años en airear una infamia: la de señalar como culpables a Manuel Azaña y a la República”. De nuevo el enfrentamiento que no cesa entre campo y ciudad. No puede ser que el mundo urbano interprete y manipule bajo su punto de vista lo que pasa en el mundo rural y este reaccione escondiendo la cabeza bajo tierra.



