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| Fotografía Isabel Mateos y Andrés Barberán |
Esta localidad se formó como población estable y concentrada en la segunda mitad del siglo XIX, a partir de una dicotomía o dualidad aplastante. Por un lado los propietarios y allegados, por otro los jornaleros. La consolidación de la propiedad privada, el paso de propiedad vinculada a otra individual vía subastas o repartos dio lugar a dos tipos totalmente diferentes de viviendas.
Por un lado, las viviendas de los propietarios, los funcionarios y los industriales, situadas en torno a la Alameda y a las calles próximas, que hemos vistos anteriormente en la calle San Elías, San Francisco y Fuentes, así como el primer tramo de las calles Medina y Nueva. Por otro, las chozas, que fueron ubicándose primero en la calle Alta y después en las calles Medina, Nueva (parte norte) y Benalup. Como no había planificación, el crecimiento fue lento y desordenado, y ha dado lugar a un plano irregular o laberíntico, parecido a uno medieval musulmán. En el entorno de la calle Alta abundan las calles estrechas, sinuosas, muchos callejones sin salida y muchas casas adaptándose a lo abrupto del terreno. Todo ello es prueba evidente de que en el siglo XIX cuando se formó este barrio alternaban chozas, casarones con casas con tejado de tejas, de un agua o dos. Las chozas y los casarones se colocaban sin orden y sin calles o plazas que los ordenaran. Formando las típicas hijuelas de chozas. Lo que luego sería la calle Alta solo era una vía que unía la calle San Juan a la salida del pueblo con la calle Nueva. Bordeaba la zona septentrional del pueblo y articulaba ese marasmo de chozas y caserones ubicado sin orden y concierto. Por ello se percibe la huella que han dejado este conglomerado de chozas, casarones y casas con tejados a dos aguas. Abundaban los espacios abiertos, donde la corraleta tenía una importante función, pues ahí se pasaba una parte del día, sobre todo cuando el tiempo lo permitía. Huella de estas corraletas es la casa y el espacio que estamos comentando en esta entrada.
Otra característica que llama la atención es la magníficas vistas que se observan desde calle Alta. Por supuesto, que al contrario que ahora estas vistas no eran un valor añadido para este tipo de viviendas, sino que al estar situadas en alto, en la primera parte de la transición entre la mesa y la vega se puede observar las primeras estribaciones de las Béticas y la antigua Laguna de la Janda. Tras la orogenia alpina se creó una cuenca que se fue llenando de sedimentos aluviales, luego estos fueron erosionados salvo aquellos más duros como la mesa donde se encuentra Benalup-Casas Viejas. Estamos por tanto ante un relieve tabular que comprende la mesa y la vega, los sedimentos calcáreos más resistente a la erosión ha n hecho que desde ahí existan preciosas vistas a los valles de los ríos, que vienen de las primeras estribaciones de las béticas y que en este curso medio serpentean haciendo preciosos meandros de los ríos Barbate y Celemín, que después de nacer en el Picacho y en el Monasterio del Cuervo y solventar grandes desniveles, sestean en estas vegas aluviales. También podemos observar, los glacis o superficies de erosión suave entre las montañas y el valle.
Esta casa, donde vivió el cabrero de la familia Espina, presenta una humilde puerta metálica de color claro beis, que cierra el vano de la entrada. La construcción, reciente, se resuelve en torno a dos hojas siamesas metálicas, con seis acanaladuras cada una. No hay en ella ningún rasgo simbólico. Se trata de una puerta, sin más, con un cierre barato, práctico y reciente, descuidada y cercada por un limonero sembrado en la corraleta, espacio que precedía a la choza. Presenta el mismo estado de abandono y dejadez que la mayoría de las viviendas de la parte meridional del casco antiguo, pero a diferencia de este, en las casas y puertas de la calle Alta nunca ha habido la prestancia y cierta monumentalidad que han perdido las de las calles San Elías o Fuentes.
Calle Alta, s/n

