Cuando hace unos meses pensamos este viaje, ahora recién concluido, siempre teníamos claro que íbamos a dedicarle una de las semanas al departamento de Tarn et Garonne, y sobre todo, la parte más cercana a Montauban , por una razón muy simple, queríamos acercarnos a los lugares que habían conocido y vivido muchos de los republicanos y refugiados españoles de nuestra guerra.
Montauban era una de las ciudades en la que pusimos mayor interés, por dos motivos, uno que ella reposan los restos de un jefe de estado español, el presidente de la República Manuel Azaña y la segunda y no menos importante, que allí reposan los restos de una casaviejeña muy ligada a la historia de su pueblo Casas Viejas, Catalina Silva Cruz.
Días antes de partir de viaje, hablando con nuestra amiga Carmen Lago, ya le comentamos nuestra intención de acercarnos a la tumba de Catalina, y que pensábamos rendirle un pequeño homenaje, si ello fuera posible. Lo fue, y nos costó casi dos días conocer el lugar donde descansaba, pero siempre se dice que “quien lo sigue lo consigue”, que perseveramos tras un primer fracaso, pues no conseguimos encontrar a nadie en la oficina del cementerio. Decidimos acercarnos al día siguiente a otra hora para ver si había más suerte.
Como estábamos en el cementerio y habíamos visto la entrada un pequeño panel indicando todo el recorrido para llegar a la tumba de Azaña, aprovechamos para ir a conocerla. Nos causó una mezcla de sentimiento que no sabría bien definir, cierta tristeza por lo descuidada que aparecía, con muchas hojas de árboles y algo sucia. La limpie y ordené una pequeña bandera republicana que alguien había colocado encima y que estaba arrugada, mojada y sujeta por unas piedrecitas además de unas flores sobre un pequeño jarrón.
A la mañana siguiente nos acercamos de nuevo para intentar localizar al funcionario que debía estar en la oficina pero no estaba. Pregunté a una señora que salía si ella conocía si efectivamente alguien me podía ayudar a localizar una tumba, pero sin resultado. Luego pregunté a otro señor y este me dijo que existían dos cementerio y que él se ofrecía a quedarse para saber si la gestión era positiva y que en caso contrario el nos acompañaba hasta el otro cementerio. Como vimos que había un teléfono en la puerta de la oficina, hago una llamada y el funcionario me preguntó qué desde donde le llamaba, le dije que estaba justo en la puerta de la oficina y me contesto que esperase que llegaría enseguida.
Efectivamente así fue, le conté que buscaba la tumba de Catalina Silva Cruz, y que no disponía de más datos Después de unos minutos de gestión en el ordenador me confirmó que sí, que allí constaba y que estaba en el panteón de la familia Insua Silva. Al saber que efectivamente era allí, agradecí al señor que esperaba su amabilidad y nos quedamos con el funcionario mientras nos imprimía en una hoja la localización del panteón, hecho lo cual se ofreció a acompañarnos hasta el mismo, no sin antes decirnos que nos mostraría la tumba de Manuel Azaña, que ya habíamos visitado y que curiosamente está muy cerca de donde reposa Catalina.
Como nuestra intención desde el principio era colocar unas flores en su tumba y conociendo su vinculación con la asociación Amor y Armonía a la que perteneció junto a su hermana María, yo había escrito sobre un lazo violeta el nombre de esa asociación y el nombre del pueblo Benalup-Casas Viejas. Ese mismo día pero ya por la tarde, compramos dos rosas rojas a las que atamos con el lazo para dejarlas junto su tumba.
En el reposan, Catalina, su marido, un pequeño de cuatro años, su hermano Francisco y María Cruz Jiménez y Rosalía Jiménez Mena.
Panteón muy cuidado con muchas flores. Sabíamos y sentíamos que era como cerrar un círculo, unirla de nuevo a su grupo, a su pueblo con un pequeño homenaje, no de nosotros dos, sino que nosotros solo éramos el medio por el cual todos los que la recordamos la devolvíamos en espíritu a su tierra.







