Mi infancia transcurrió en el ámbito rural. Mis abuelos, en Bornos (Cádiz) y en Chucena (Huelva) eran campesinos. Tenían una piara de vacas, algo de tierra que labrar y en sus casas olía a campo: ristras de ajos colgadas de las vigas en los soberaos, melones y sandías madurando en algún cuarto oscuro, garrafas con tapones XL de corcho empapados de aceite de oliva, alpaca tiñendo todo de amarillo y la leche hirviendo en la cocina son mis recuerdos de infancia.

Vivir sintiéndome parte de la naturaleza facilitó mi identificación con los movimientos ambientalistas que defendían a los osos, a los burros o a los ríos por lo que acabé conectando con movimientos ecologistas como Greenpeace o  la agrupación de Scouts del pueblo. 


En 1996 acababa de terminar COU (equivalente a 2º de Bachillerato hoy día) y fui con mi hermana de intercambio a la casa de una familia francesa cerca de Burdeos. No congenié con el chico que me tocó de intercambio y eso fue una oportunidad:  pude empezar a leer con mucho interés un libro sobre la guerra civil española. Creo recordar que fue  entonces cuando escuché la primera vez “Casas Viejas”. Pasó el verano y empezando la carrera de Ciencias Biológicas en la Universidad de Sevilla comenzó la carrera paralela: actividades culturales, sindicales y políticas. Fueron años en los que organizamos charlas, conciertos, encierros, manifestaciones y acampadas. Los motivos eran diversos y mantenían como común denominador el bien común y los derechos humanos para todxs. La metodología era el apoyo mutuo, la acción directa y la autogestión.


Tratábamos de defender la Universidad de intereses privatizadores, de apoyar la lucha antimilitarista que llevó a la cárcel  a algunos amigos por insumisión al servicio militar obligatorio, tiempos de aprender a manejarnos en Internet para ser parte de los movimientos de resistencia global que se vinculaban a través de la red de redes, etc. hasta que llegó el año 2002.


 España presidía la Unión Europea y una cumbre de jefes de Estados vino a celebrarse en Sevilla. Una convocatoria de cumbre paralela  llamaba a lxs habitantes a reunirse para construir la Europa de los pueblos frente a la Europa del capital. 


Un grupo de activistas de la ciudad había preparado con mucho esfuerzo un antiguo almacén de aceite  que llevaba demasiados años abandonado para albergar algunas de las actividades de la contracumbre. Acababa de nacer el Centro Social Okupado y Autogestionado (CSOA) Casas Viejas.  Además de dar cobijo, comida y afectos durante la cumbre, este espacio  albergó durante los siguientes 5 años muchas de las propuestas culturales, sociales, activistas y políticas de la ciudad.  ‘Casas Viejas’ era un centro social cuyo nombre era un homenaje explícito a un pueblo que forma parte del imaginario colectivo del movimiento libertario como ejemplo de  lucha por la justicia social y el bien común. 
Fue desalojado en 2007. La asamblea del CSOA y el grupo de apoyo orquestaron una estrategia de resistencia pasiva a la altura de los mejores guionistas de las series que nos entretienen en las noches de confinamiento.  Tanto que los telediarios nacionales abrieron con la noticia del desalojo y se generó un gran revuelo en la ciudad: desalojar las iniciativas populares que tanta vida dan a los barrios de las ciudades tiene mala prensa y peor karma.  Sobre aquellos hechos, aún puede verse online el documental ‘Londres no es Sevilla’: https://vimeo.com/42328786 , plata fina para quienes admiramos profundamente los ejercicios de  inteligencia colectiva al servicio de lo comunitario. 


En 2007 comenzó mi vida de profesor de instituto y el río me fue llevando de vuelta al medio rural por varios pueblos de Cádiz. Tardé mucho en llegar a Casas Viejas. Fue en agosto de 2016. Coincidió con un  concierto de Zahara, mi amor platónico, en el hotel Utopía. Me encantó verla en tan singular local. Era verano, tenía en casa visita a la que atender, por lo que debí volver pronto. Así me fui de Casas Viejas con muchas ganas de regresar al pueblo del que había leído, escuchado y admirado en la distancia. 



Justo 2 años después, en agosto de 2018, después de unas fallidas oposiciones y con la moral en la astenosfera, me dan la buena noticia de que tengo vacante en el IES Casas Viejas. Mis amig*s me dicen: 
 —¿Dónde vas a estar tú mejor que en Casas Viejas? — Y sí. Acertaron.
 En septiembre, entrar en el IES y observar el enorme trabajo de recuperación de la historia local que se puede encontrar en los pasillos fue muy emotivo por dos razones:  el significado que tiene para mí en lo político y también por  lo que me remueve en lo personal: mi familia materna también vivió en chozos parte de su vida. 


Con este estado de tensión emocional alta y con las fibras sensibles afectadas por la belleza de lo auténtico que en lo local engloba a lo universal, me fui adaptando  a los nuevos espacios, funciones, procedimientos y dinámicas propias del ejercicio de la profesión docente en el nuevo centro.  Antes de darme cuenta, habían pasado varios meses y casi todo un curso que recuerdo lleno de muchas, intensas y edificantes experiencias.


Me sorprendió muy positivamente la relación entre profesorado y alumnado, cercana y familiar. Disfruté mucho de la confianza, la capacidad de escucha, las ganas de aprender de una gran parte de los jóvenes del centro y de algo que considero imprescindible en la docencia: la empatía existente dentro de la comunidad educativa. Esa (fabulosa) capacidad de ponerse en los zapatos de la otra persona que hace que pueda entenderse profundamente el porqué de muchos comportamientos, para, a partir de ahí, poder poner en funcionamiento otras herramientas y ofrecer nuevos puntos de vista que  ayuden a abrir horizontes que, a veces, ni siquiera se pueden imaginar.


Además de lo profesional y de los divertidos ratitos con el profesorado, lo que más voy a recordar del IES Casas Viejas son los momentos de charla (más cortos de lo que me hubiera gustado) con Salus: sobre el pasado y el presente, sobre la educación, la política y los seres humanos.  Me llevo  de por vida en la mochila una de las frases que le escuché: “El problema está en la raíz, en el reparto de la riqueza” y sobre todo, el gran ejemplo de un profesor que diariamente contagia a docentes y a alumnado su entusiasmo por seguir creando, aprendiendo e interactuando pasillo arriba y pasillo abajo.


Siguen aquí las muchas ganas de volver a Casas Viejas. Para participar en alguno de los actos que organice la Asamblea Feminista ‘Amor y Armonía’, para  conocer más su entorno natural, para asistir a actuaciones culturales en el Utopía  o en el fabuloso teatro municipal, para llevar a mi hija a la piscina que más me gusta de toda la Janda y, para disfrutar de todo lo que aún queda por vivir en este pueblo que, desde la adolescencia, tanta curiosidad e interés me suscitaron y que hoy ya forma parte de lo que soy, en lo político y en lo personal.


Iván Rubio Gutiérrez.
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Un pensamiento en “Casas Viejas y yo. Un acercamiento paulatino. Iván Rubio.

  1. Emociona escuchar tus palabras que he compartido y vivido tan cerca de ti. Sin duda la generosidad e integridad hacen de ti una de las personas más especiales que he conocido. Te quiero hermano, gracias por seguir enseñándome tanto y abriéndome los ojos.

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