Un sector social resultó claramente vencedor, el de los propietarios. Todas las medidas legislativas tendentes a mejorar las condiciones de vida del jornalero se cortaron de raíz. Muertos, encarcelados o exiliados los principales líderes políticos del pueblo durante la República, el nuevo poder pronto se escindió en dos sectores. Uno más radical y otro más moderado, se impondría el segundo. El proceso lo podemos ver a través de los sumarios a los que habían participado en la Guerra en el bando republicano.
El grupo que se hizo con el poder en el pueblo no tuvo un comportamiento homogéneo: el jefe de la falange local o el jefe del destacamento de la Guardia Civil, a través de los informes que recogen los sumarios, mantienen un posicionamiento duro contra los jornaleros que habían participado en política; otros como algunos patronos, algunos industriales o determinados falangistas, se caracterizan por una posición moderada con cierta dosis de comprensión y en determinados casos con posicionamientos claros y nítidos de defensa. Va a ser este grupo (coordinado, moldeado y lubricado por la religión y el Padre Muriel) el que se haga pronto con el poder y consiga que la Guerra Civil en Casas Viejas se caracterice por el escaso número de pérdidas humanas. Fue gente moderada que actuó con cierta dosis de comprensión; incluso, en determinados casos, con la actitud de salir en defensa de paisanos del otro bando.
Esto ocurría así porque al imputado se le pedía que diera el nombre de dos testigos que pudieran avalar su buena conducta, y éste acudía a miembros del poder establecido del pueblo con los que tuvieran algún tipo de relación, para que de alguna forma le ayudaran a salir bien parado de la complicada situación. Las personas más requeridas por los imputados como testigos fueron José Guillén Delgado, propietario de un bar y falangista, en once ocasiones; Juan Pérez-Blanco Estudillo, comerciante, en cinco; Eugenio Cózar Cabañas, comerciante, en cuatro; Manuel Pérez Barrios, industrial, en tres, y Manuel Sánchez Sánchez, maestro e industrial; José Espina Calatriu, propietario; Juan Bascuñana Estudillo, zapatero; y José Cantero Esquivel, en dos.
Los comerciantes, los industriales y los funcionarios adscritos al régimen se adaptaron rápidamente a las nuevas circunstancias. Muy singular fue lo ocurrido con la escasa clase media del pueblo. Esta clase media, con sus excepciones, políticamente apoyaba a la Segunda República y estaba adscrita a posiciones progresistas. Tras el golpe de estado y superados los primeros momentos de incertidumbre, la mayoría se integró en el Nuevo Régimen utilizando la religión como vehículo integrador. Ese fue el caso, como le contaron a Mintz sus fuentes orales, de Andrés Martínez, Antonio Ríos, Juan Román, Eugenio Cózar o Manuel Sánchez.
Hubo quien con el franquismo sufrió cárcel, se exilió o tuvo que emigrar, quien se marginó no renunciando a sus ideas, pero también existieron una serie de personas que se habían significado en la II República que se adaptaron al nuevo régimen utilizando a la religión como instrumento, con el típico furor del converso. No sólo se adaptan, sino que van a formar parte del grupo dirigente de la nueva sociedad.
En lo que respecta a la mayoría silenciosa del pueblo está se adscribió rápidamente a los nuevos postulados del franquismo. Si una minoría rebelde fue reprimida duramente, una mayoría sumisa y conformista adoctrinada y guiada por el miedo se dispuso a respirar para no ahogarse. Pérez Reverte ha descrito este proceso magníficamente: “Mientras que en España, como no podía ser de otra forma, la condición humana se manifestaba en su clásica e inevitable evidencia: curándose en salud, todo el mundo acudía en socorro y apoyo del vencedor, las masas se precipitaban a las iglesias para oír misa, obtenían el carnet de Falange, levantaban el brazo en el cine, el fútbol y los toros…. Eso valía para cualquier lugar de la geografía española, como sigue valiendo para cualquier lugar de la geografía universal. Y se llama supervivencia”.
