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| Foto Mintz |
Aunque los cambios en el segundo franquismo en cuestiones de moralidad eran importantes, temas como los métodos anticonceptivos, el aborto o el divorcio que habían sido superados en la segunda república volvieron a ser un problema para los habitantes. Isabel Mintz ha repetido varias veces que una de las cosas que más le indignaba era la ignorancia sexual que tenían las mujeres de su edad en los años sesenta y setenta en el pueblo y como nadie conocía cuestiones tan necesarias como la píldora anticonceptiva. Ignorancia a la que eran sometidas como una estrategia más de dominio y control.
Antonio Cazorla escribe en Los benalupenses de a pie durante el franquismo: “ No es por casualidad que a principios de los años setenta los españoles comenzaran a hablar abiertamente del divorcio por primera vez desde su prohibición al final de la guerra. La polémica que se generó a su alrededor sería muy similar a la experimentada, por ejemplo, en Italia una década antes. Aún así, la mayoría todavía consideraba al divorcio como un efecto de la introducción de usos extranjeros, algo más propio de protestantes y de estrellas de Hollywood que de auténticas familias españolas. El debate alrededor del divorcio tuvo mucho de provinciano y estuvo a menudo envuelto en elucubraciones sobre el creciente materialismo o la falta de tolerancia (o más bien aguante) de las mujeres jóvenes, esto es, su incomprensible actitud hacia las posibles faltas de sus hombres. Era, en suma, con frecuencia una visión machista y misógina, que quedó reflejada en las películas nacionales, algunas canciones, reportajes sensacionalistas en revistas y magazines, amén de en las declaraciones de clérigos…
Estas elucubraciones tuvieron lugar en medio de una ignorancia generalizada sobre la sexualidad, y, por supuesto, de las medidas de control de la natalidad. Era obvio, según lo que todos veían y confirmaban los datos estadísticos, que las mujeres españolas de los años setenta estaban teniendo menos hijos que las de la generación anterior. Parte de ello se debía al uso de técnicas anticonceptivas. Otra cosa era tanto la calidad de los datos sobre el uso de anticonceptivos como la fiabilidad de los métodos empleados. Un estudio de 1973, basado en preguntas indirectas hechas a mujeres, concluía que los métodos más comunes para evitar el embarazo eran el uso de preservativos y el coitus interruptus . Pese a sus muchas carencias, los datos revelaban un cambio de naturaleza cultural en los patrones reproductivos: las mujeres recurrían al primer método más que lo que lo habían hecho sus madres, quienes, por su parte, habían utilizado principalmente el segundo. Era además muy significativo, por dudoso, que un 86% de las mujeres que se consideraban católicas practicantes decían no usar de manera regular ninguna forma de contracepción, y la mitad de las que sí reconocían emplearlas aseguraban hacerlo solo de manera ocasional. Debido al estado de desinformación de la población, la falta de acceso a la píldora anticonceptiva, la reticencia masculina a usar preservativos (que tampoco se vendían legalmente), y los problemas de fiabilidad del método Ogino-Knaus —el único sancionado por la Iglesia—, las mujeres de los años setenta tenían todavía recursos muy limitados para evitar el embarazo. Por ello, decenas de miles de mujeres eran obligadas cada año a padecer la terrible experiencia de un aborto.
El aborto estuvo legalizado en la España republicana durante la guerra. El franquismo lo prohibió y reprimió con dureza. Esta medida, más que seguramente, era apoyada por la mayoría de los españoles. Su posible legalización no era ni siquiera discutida y en aquellas ocasiones en las que se hablaba de él era solo para condenarlo. Sin embargo, su práctica era un secreto a voces. Poco se conoce del aborto durante las primeras décadas de la dictadura, salvo que se recurría a él a menudo y que era peligrosísimo, legalmente y en términos de salud. Una ley de 1941 catalogó al aborto como un crimen contra el Estado y dispuso penas muy severas, con un mínimo de seis años de prisión, a quienes lo practicaran. En el periodo de 1970 a 1975 las cifras se redujeron a 505 casos y a 769 personas condenadas. Pero esto representaba solo la punta del iceberg de una realidad mucho más amplia en la que la hipocresía y la represión recayeron una vez más con saña sobre los pobres. Por el contrario, las familias ricas y las personas con las necesarias conexiones podían hacerse fácilmente con los servicios de un médico y tener una rápida y discreta visita a una clínica privada, o, desde 1967, cuando se legalizó en el Reino Unido, hacer un corto viaje de supuestas compras o de placer a Londres. Los métodos más usados para abortar eran peligrosísimos: la inserción de agujas de calceta, mostaza, perejil o pastillas de jabón en la vagina o golpear el vientre de la embarazada”.
En Benalup de Sidonia estas relaciones de noviazgos y entre hombres y mujeres no estuvieron tan encorsetadas como en otros sitios de la España de interior e incluso en otros pueblos de la comarca. Me han comentado amigos de Medina, Vejer o Alcalá que les gustaba venir a Benalup a tratar con las mujeres pues era más fácil «ligar» que en sus pueblos. A mi amigo Antonio Lara, a principio de los setenta, le dijo un camionero que lo trajo haciendo autostop desde Espera que tuviera cuidado con las mujeres de este pueblo, pues la culpa la tenía el agua. Ya se sabe que la envidia es muy mala. Sin duda la mayor tolerancia en las relaciones sexuales y sociales está relacionada con el hecho de tratarse de una población de aluvión, joven y no influenciada demasiado por el tradicionalismo católico imperante en los pueblos de alrededor. Seguro que el dominio aplastante de la ideología anarquista durante la Segunda República también tuvo algo que ver. Lo cierto es que para cuestiones sexuales y de pareja en el segundo franquismo y ahora existió y existe en Benalup-Casas Viejas una apertura y una flexibilidad que no se observa en los viejos pueblos del entorno.
