Ha llegado a mis manos un libro precioso de Antonio Cazorla que se llama Miedo y Progreso. Los españoles de pie bajo el franquismo. Su lectura me ha dado la idea de crear una sección pero dedicada al Benalup de Sidonia de la época franquista, donde la vida cotidiana y los benalupenses molientes y corrientes sean los protagonistas. El primer artículo va sobre el favor.
Dice Antonio Cazorla : “(Durante el franquismo) los españoles se volvieron más individualiestas y cínicos, buscando el consuelo y el apoyo en la única institución en la que podían confiar, la familia; y en vez de buscar justicia se refugiaron en el favor… Pero era un sistema desigual y, por supuesto, lleno de trampas. Obtener un empleo, resolver un trámite administrativo dependía de conocer a la persona adecuada encuadrada en el régimen más que de la gravedad del problema o la justicia de la causa. Recibir el favor podía fácilmente implicar despojar de sus derechos a alguna persona más necesitada, o más capaz. Era un mecanismo moralmente corrupto que creó redes clientelares, en las que el súbdito de Franco necesitaba congraciarse con los sostenedores de la dictadura para resolver sus cuitas diarias. Esta cultura, desgraciadamente, se reprodujo una vez que España adoptó el sistema democrático»
Fue un fenómeno que se dio en toda España, pero que tuvo su máxima fuerza en la España rural y pobre. Se me viene a la memoria refranes como “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija” o “los ricos no te dan, pero al menos no te piden”.
En el Benalup de Sidonia del franquismo como zona pobre y rural la cultura del favor se extendió como la pólvora. En el imaginario colectivo quedaron como triunfadores aquellos que consiguieron un puesto aledaño al poder y, sobre todo, consagraron su vida a “colocar” a sus hijos. La mayoría de las veces hasta se jactaban de tener amistad con el que tiene el poder y de haber «colocado a su hijo» por ello. Un personaje popular del pueblo lo resumía claramente: «yo me voy al tronco». Un informante de Mintz hablándole de la familia Vela sobre si eran mala gente le dice:.- «Que va. Y si es la mujer Ana Barca muy buena. Lo mismo que son los padres son los hijos. Aquí está Nicolás. Todo el mundo hace con él. Ni se mete con nadie y da una peona cuando puede. Luego tiene otro hijo, médico en Cádiz, Antonio, buenísimo. Una vez se me ocurrió llevar ganado. Pero no se podía andar sin salvoconducto. Fue cuando el movimiento. Y le digo yo ahora que podía haber ido a echar unos pocos días de trabajo y no puedo ir, porque no tengo documentación. Con las mismas se fue la a la administración y me trajo el salvoconducto. A él no le interesaba aquello, pero como era uno que lo escuchaba donde quiera, llego a la administración sacó un papel y me lo dio. Y me dijo ya puedes ir donde quieras. Por eso yo de esa gente no puedo decir que han sido mala gente”.
Ejemplos de cómo la cultura del favor o el conformismo se extendieron como la pólvora hay muchísimos. La religión ocupó un lugar principal el Padre Muriel hizo muchas veces de intermediario con los grandes propietarios o con el Ayuntamiento. Los jornaleros para construir la choza en los “padrones” necesitaban el permiso de la lejana e inaccesible Medina de Sidonia. Las gestiones las podía hacer el Padre Muriel o el alcalde pedáneo de turno. Ya vimos como la escasa clase media casaviejeña que durante la segunda república optó por su ideario ideológico, por la mediación del Padre Muriel y apoyado en un radicalismo religioso propio de los conversos se integraron en el régimen y se convirtieron en uno de sus puntales.
“Durante el periodo franquista, el clientelismo subsistió -especialmente en las zonas rurales- reducido al ambiente político del régimen y de sus organizaciones, como se aprecia en particular en el caso de las corporaciones locales y de las Hermandades de labradores”. (José Cazorla)
Los antropólogos Agustín Coca, Felix Talego y Angel Del Río incide en ello: “Toda posibilidad de ascenso social parece que viene determinado por un favor que te hace otra persona. La dictadura franquista se fundamentó en un sistema clientelar y corrupto que se ha reproducido en la democracia” En efecto, con la llegada de la democracia, la cultura del favor, el clientelismo no sólo desapareció sino que mutándose a formas menos visibles se consolidó. En las universidades, en los partidos políticos, en las empresas públicas y privadas las redes clientelares de amigos y familiares es el caldo de cultivo donde se retroalimenta el poder. Muchos estudiosos europeos ven esto como una característica española y una rémora a la cultura del conocimiento y la equidad.
Eso se debe a que como dicen Coca, Talego y del Río en el citado artículo desde el franquismo hasta hoy se ha impuesto la creencia de que la buena vida, el objetivo de la persona está en el nivel de consumo y ascenso social que se consiga, para lo cual el fin justifica los medios. Es lo que La Boétie llamó servidumbre voluntaria. La concepción republicana de que el objetivo de vivir debe ser la libertad integral fue derrotada definitivamente y con ello aquella vieja aspiración de D. Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Pero no olvidemos que la cultura del favor nos situa en la esfera de súbditos, mientras que los derechos son propios de los ciudadanos.

